Un blog de creación en español

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Wednesday, May 12, 2021

Escritura creativa 2021: Deborah Shonack


El más popular del equipo


Inhalas el olor a pasto y a tierra. Escuchas los gritos de padres, madres, hermanos, amigos, entrenadores y compañeros aconsejando a los corredores que corran más rápido para que alcancen a la persona delante de ellos, o que no dejen que la persona detrás de ellos los alcance. Al menos treinta toldos de todos colores cubren un pasto gigante. Si estás por Los Ángeles, es probable que encuentres un toldo verde que diga “South High School”. Todas estas cosas mencionadas son esenciales para las carreras a campo traviesa, pero para el equipo de South, no sería una verdadera carrera a campo traviesa si Fred no estuviera allí.

Fred era más popular que cualquier otro miembro del equipo, al menos hasta 2018, cuando me gradúe. Después de eso, no sé qué pasó con Fred. Todo el mundo amaba a Fred. Se sumó al equipo en 2014 y nunca se fue. No fue su decisión sumarse al equipo. Los chicos del primer equipo lo encontraron abandonado en el borde de la acera de una casa cuando estaban corriendo y lo recogieron. Lo cargaron hasta la pista de South, lo nombraron Fred, y desde ese punto formó parte de nuestro equipo.

Cada año, los nuevos integrantes del equipo querían conocer a Fred, pero se sorprendían cuando finalmente lo conocían. Fred es un colchón viejo de color vómito, un verde amarillo mezclado con marrón en donde se ensució, y flores rojas y azules chiquitas que estaban tan descoloridas que de lejos ni las veías. Era un colchón feísimo, pero los chicos del primer equipo se obsesionaron con él. Pronto, las chicas del primer equipo también se obsesionaron con él e incluso los entrenadores sabían quién era Fred. El primer equipo comenzó a traer a Fred a todas nuestras carreras, hasta le guardaban un asiento en el autobús. Parecía que Fred se había convertido en la mascota del equipo, pero cuando yo llegué al equipo en 2015, ese no era el caso.

Yo era miembro del equipo B. Solo siete chicas y siete chicos formaban parte del primer equipo, pero entre quince y veinte de los mejores chicos y chicas del equipo corrían con ellos. Ser parte del primer equipo era como ser parte de un club especial. Pasabas más tiempo con los entrenadores, corrías distancias más largas, tenías un entrenador especial que solo trabajaba contigo e incluso ibas a un viaje cada verano, gratis, a correr en las montañas de Big Bear.

Si estabas en el equipo B, ese mundo era casi inimaginable, y eso incluía tu acceso a Fred. En mis tres años en el equipo de carreras a campo traviesa, no toqué a Fred ni una vez. Nunca me senté en Fred. Nunca dejé mi casaca encima de Fred antes de una carrera. Nunca me reí mientras estaba sentada frente a Fred. Solo lo veía de lejos. Fred no era la mascota del equipo, solo la mascota del primer equipo. Las únicas personas del equipo B que se acercaban a Fred eran las personas que pronto serían parte del primer equipo, o si eran buenos amigos de alguien en el primer equipo. Yo tenía amigos en el primer equipo, pero el segundo que tocábamos la pista, se olvidaban que me conocían. Solo pensaban en su identidad como parte del primer equipo. Nuestra amistad no era más fuerte que esa identidad.

No sé dónde está Fred ahora. No sé si Fred sigue siendo la mascota del primer equipo, si lo regalaron, botaron, o si alguien lo trajo a la universidad. Para mí, Fred solo me recordaba un club que nunca me iba incluir, un club que le prestaba más atención a un colchón que encontraron en la calle que un miembro del equipo B.


Wednesday, May 20, 2020

Uriel Vázquez: escritura creativa 2019


El título no elegido

Eran las 4 de la mañana en la tercera semana de abril del año 1951 cuando el destino de Jack Kerouac fue decidido por los dioses. En estos tiempos la maravillosa ciudad de Nueva York era la residencia de todo poeta, escritor y bohemio (gente dedicada a cambiar el mundo). Los famosos miembros de la generación Beat habitaban el barrio Greenwich.

En el Gaslight Café, con un cigarro en la mano, y una copia de Hojas de hierba sobre la mesa, Allen Ginsberg se sentó profesando un sermón sobre lo que significaba ser autor. Habló de su experiencia como habitante de un mundo raro y extraño. Convenció a las chicas del local que el dedicarle la vida a la escritura significaba estar enamorado de la vida y dispuesto a sacrificar todo en un instante por la gloria del arte. Dijo que la vida informa al arte y sin vivir a toda la capacidad es imposible escribir algo que alcance el estatus de literatura. Recitó un poema y explicó que la vida y la escritura es una, y coexisten como piezas de arte que informan uno al otro.

-Pero la escritura en sí, es vida- interrumpió Kerouac– en el momento que la palabra se escribe y es leída por alguien más, la obra pierde posesión del autor, la escritura es universal, la escritura nunca muere, nosotros sí….mi trabajo seguirá cuando carne y hueso me falte, el escribir es aceptar morir. Con esas palabras se retiró y se desapareció a su apartamento.

Como de costumbre en la vida de este poeta bohemio, cada noche de escritura larga y solitaria era acompañada con el abrazo de una botella de whiskey. Esa noche su amigo fiel fue media botella de Johnnie Walker Blue con unas pastillas (para la inspiración). Esa última noche fue en la que el manuscrito aún no nombrado “On the Road” se había acercado más al fin. A las dos de la mañana le faltaban diez páginas que escribir para concluir su gran obra maestra. Es allí cuando decidió salir a la calle MacDougal para fumar el último cigarro que le quedaba. Mientras contemplaba visitar una vez más la tienda de licor que le quedaba en la esquina, sintió una ola de algo, lo que esperaba que fuera la última inspiración que necesitaba. La mezcla de alcohol con medicina le hizo efecto, y el único arte que creó fue una pintura el la pared de vomito, sangre y bilis. Pero esa mancha no era nada extraño para los vecinos que vivían en esa calle.

Unos momentos antes de regresar a su apartamento, Ginsberg lo vio por la ventana. Contempló visitarlo, pero decidió mejor esperar hasta el próximo día. Mientras tanto Kerouac estaba en el proceso de escribir “Y en América, cuando el sol baja, y me siento a mirar los cielos altos sobre Nueva Jersey pienso sobre toda la tierra que abarca hasta llegar a la costa oeste, y la carretera, y la gente que sueña en ella, pienso en Dean Moriarty, pienso en Dean Moriarty”. Justo después de escribir ese punto final se toma otra copa, celebrando el gran éxito que ha logrado, lo único que le falta es un título. Sobre una página en blanco escribe “On the Road by Jack Kerouac”, pero inmediatamente después lo tacha. Dos tragos después busca su caja de cigarros pero no la encuentra. En ese momento, embriagado totalmente, lucha por respirar, todo se vuelve oscuro, trata de abrir los ojos pero no hay remedio, la oscuridad lo abraza. Se tira al suelo, intenta gritar pero ni un susurro se escapa de su garganta, y en un charco de orina, alcohol, vomito, y sangre, su cuerpo cae muerto. Sin título deja su obra maestra en el escritorio, lo único que vive es la esperanza de que alguien lo lea, que alguien lo publique, que a alguien le interese lo que cuenta.

La próxima mañana Ginsberg entra al apartamento y ve el cuerpo de Kerouac tirado en el piso. Se acerca al cadáver, cuando nota el manuscrito en el escritorio. Sin pensarlo dos veces se sienta y lo lee todo. Su cara no cambia, estoico con una sonrisa dolida saca un cigarro, lo prende, lo fuma, y quema el trabajo de su gran amigo. Quema la vida de su prójimo. Mira las cenizas bailar entre ellas y se le escapa una lágrima.

Las mentiras son…

De chico me contaron la historia de Adán y Eva, que la mentira los condenó y con ellos a la humanidad entera. Supuestamente el acto de engañar trajo la moralidad, el bien, el mal, y más que nada los deseos terrenales (y la falla que implica, por supuesto). Me dijeron que la ignorancia es lo que libera, y el conocimiento que condena. Pero no. La manzana, fruto de la vil escoria, nutre nuestra fundación como raza humana, y el acto de mentir es lo que nos libera.

Supongo que una noche Eva tuvo que decir, me cansé de ser domesticada y me dieron ganas de vivir. Y por el acto de vivir es que uno decide mentir. De lo prohibido nace el instinto humano que es el engaño. Y con un acuerdo colectivo y silencioso, así nos permitimos seguir el juego.

También me contaron de Romeo y Julieta y lo bello que puede ser el amor. Aprendí que el amor (la falacia más antigua y más tierna que hemos inventado) justifica las fallas y los pecados. Que no importa el homicidio, suicidio, y la traición, si es en el nombre del amor. Me dieron a entender que en esta vida no importa lo que haces ni a quien lastimas con tal de que las intenciones sean buenas. Y con eso la mentira crece.

Una vez leí el poema de Layla y Majnun, y aprendí que el deber social es para el hombre y es muy breve, pero el deber artístico basado en amor, eso es para siempre. En este cuento el hombre Majnun falla a su tribu por amar a Layla (la que no le pertenece) y dado a esto, la locura lo domina y vive como salvaje fuera de la civilización. Al vivir lejos de su amada, recita poemas al viento, y así salva lo que le queda de sabiduría y sensatez. Mueren lejos de uno al otro, y la esperanza de un cielo rescata y revive el amor que estuvo a poco de morir.

Aquí es cuando se mezclan las líneas entre la mentira y la verdad. El arte es ¿la mentira basada en la verdad? o quizás ¿la verdad basada en la mentira?

El ser artista obliga a ser franco, a ser audaz. Pero en el momento que hay un deber a un público o a una audiencia, viene a jugar el juego que la raza humana ha aceptado desde Adán y Eva. El arte urge a uno reinventar, y al hacerlo jugamos con la mentira, pero nunca olvidamos la verdad. Es aquí cuando vemos un cuento de ficción que dice más verdades que un periódico.

Si el mundo de un artista, mejor dicho, la perspectiva de un artista es diferente que la de la demanda popular, el artista se convierte en un mentiroso. Si al ser fiel a la verdad propia generamos una mentira para los demás, coexisten estas dos construcciones.

En un mundo en que la mentira domina y por definición se disfraza como verdad, es imposible vivir en la verdad absoluta. Igualmente es imposible vivir solo con mentiras. El arte, la vida, el mundo entero participa en el engaño y es obligatorio pretender preferir la verdad. Pero el hecho es, que las mentiras que salvan, también duelen, dañan y glorifican, son los fantasmas que nos acompañan y nos mienten cuando nos vemos en el espejo.

Monday, May 18, 2020

Escritura creativa 2020: Emily Gómez


EN EL CIELO

Sus ojos brillaban color índigo, con una mirada que podría matarte desde el otro lado del cuarto. Cabello lacio y blanco como las nubes durante una mañana clara. Era raro verla sonreír, no hay tantos que puedan decir que han cambiado la expresión de ella. Muchos la admiraban, su belleza siempre estaba en el centro de conversaciones cuando ella estaba presente. Era una buena manera de evitar preguntas sobre su vida.

No siempre fue así. Cuando éramos niñas, ella era muy amable con todos. Nunca le faltaba respeto a la gente que conocía. Pero desde que nos reconectamos en nuestra adolescencia, noté que había madurado mucho. No es que le falte su corazón, es que ella es más discreta con sus emociones. Sus amistades son limitadas. No hay muchos que ella considere amigos. Admiro a mi hermana, a veces siento que soy muy suave con la gente. Siempre quiero ver lo bueno en sus almas aunque no me den suficientes razones para justificarme. Quiero ser más independiente, fuerte, y actuar honestamente como soy yo sin miedo de ser juzgada. Somos hermanas y sé que me protegerá siempre, pero no quiero depender de ella toda mi vida.




EL SEGUNDO DESTINO

Mi nombre es todo lo que tengo de mi vida antigua, es lo único que me sigue. No sé cuántos años estuve “durmiendo” pero no lo siento físicamente. Mi fantasma nunca me ha dado información sobre mí misma. Una hubiera creído que él podría revelar mis recuerdos perdidos, porque me dio vida de nuevo.

¿Esta máquina que es tratada como un dios me escogió, pero por qué? Qué es lo que vio en mis huesos viejos que le dijo que yo valía algo para él. A veces pienso si estaría haciendo todo este trabajo para preservar la última ciudad. No soy la única que no sabe nada de su pasado, todos los que tenemos el título de “guardián” no sabemos absolutamente nada de nosotros mismos.

Somos los perfectos soldados, solo conocemos la violencia. ¿Crees que por eso no nos dicen nada sobre nuestras vidas anteriores? Somos peones de una máquina que no nos permite el lujo de saber quienes fuimos.




LIBERTAD, IGUALDAD, FRATERNIDAD.

La plaza estaba llena de gente de todo tipos, mujeres vestidas elegantemente, y otras con vestidos chimecos. Estaban presentes hombres vagos y otros que se miraban como si apenas salieran de trabajar. Niños que apenas podían con sus almas estaban rodeando una plataforma de madera en medio de la plaza. Parecía que había sido construida con prisa, apenas lucía estable como para soportar a la gente. En la plataforma brillaba la guillotina, el cuchillo en el aire, lista para caer en el momento en que el hombre junto a ella quitara el listón que la controlaba. Hace unos meses esta misma plaza era el centro de la vida con tienditas con todo tipo de verduras y de carnes. Los niños corrían con sonrisas en sus caras. Ahora nada más encontraron los cuerpos de esos mismos niños que no pudieron conseguir comida. Sus muertes no eran culpa de los padres, sino de la nobleza. Esos que se sentaban en sus castillos sin pensar en lo que necesitaban sus súbditos. Hoy por fin ganaba la gente, nunca necesitamos sufrir a manos de otros. Una mujer vestida de blanco con su cabello deshecho subía por las escaleras hacia la guillotina. Los hombres que la acompañaban solo miraban. Los ojos de la mujer, una vez tan poderosa, no expresaban miedo. Ella sola, sin que nadie la instruyera, se agachó y colocó su cabeza en el hueco de la base. La gente que rodeaba laescena gritaban cosas horribles, todo tipo de obscenidades. Vi al ejecutor preguntarle algo, estaba muy lejos para escuchar lo que respondió. Ella apenas terminó de hablar cuándo la cuchilla cayó desde arriba y su cabeza rodó dentro de la canasta enfrente de ella.

Escritura creativa 2020: Micah Foster

VEINTIUNO, O CÓMO HACER CON ANTELACIÓN EL RETRATO AL ÓLEO DE SU FUNERAL

Eran las cuatro cuando Amauri regresó al trabajo. ¿Y tú? ¿Dónde has estado? No le contestó y salió otra vez al pasillo que el pequeño bar compartía con el restaurante. Al asegurarse que el dueño no estaba, volvió con algo raro en la mirada. Vámonos, le dijo sonriendo. ¿Adónde preguntó la chica, pero—sea por la falta de clientes o la sencilla nulidad de una chamba sustituible—ya estaba deslizando debajo de la barra y saliendo a su lado a la calle: al casinooooooooooooo!

Afuera todo lucía como si estuviera cubierto de polvo de oro. Las señoras que vendían pepitas y miel en la esquina, el bus con la franja morada, los pollos girando en el asador; todo estaba brillando o nomás reflejando esos solecitos gemelos, los dos compañeros del decimoquinto bar más popular del pueblo (cuyo mercado, por cierto, claramente se hubiera bastado con cuatro). Amauri pidió un taxi y en el asiento de atrás los dos se echaron. Le mostró a Marisol el fajo de billetes que había guardado en el bolsillo. Mira, voy a hacernos ricos. La chica se rio. A huevo, hazlo. El taxi empezó a subir las lomas que rodeaban el pueblo y la inclinación hizo que su cabeza se hundiera más en el pecho de ese chico alto y inocente. Desde esta simpática posición, Marisol admiraba el abanico de billetes simulando un arcoíris sobre el pueblo que se veía encogiéndose al fondo. Pero esta simulación le pareció aún mejor porque de ésta relucía sin timidez todo un panteón de diositos, sus rostros arrugados guiñándole el ojo desde el fino papel. Ella se sintió bendita por esas pequeñas caritas. El motor del taxi se quejaba y Marisol se imaginó casarse con este chico; él de 500 podría oficiar, la de 50 lloraría de primera fila, y él de 100 seguramente se pondría bien pedo y haría escándalo pero años después se convertiría en la historia favorita de la familia: Bueno, ya sabes cómo es tu tío 100…


Con el parar del taxi se detuvo el ensueño. Marisol, basta decir, no era una chica competitiva; su vicio de preferencia tendería mas a la pereza que al juego, y las cimas de su vida emocional consistían en sentirse agradablemente mareada después de ver a solas una película que le había gustado. En fin, no era una persona para saber donde quedaría el casino más cerca, y se sorprendió al reconocer el estacionamiento donde el taxista los había dejado. ¿Por acá está ese supermercado mamón, verdad? Pero Amauri ya estaba yendo rumbo al rincón más viejo del centro comercial que, verdad, contaba con el supermercado que algunas señoras creían mejor que el del valle abajo y incluso irían cinco paradas más para poder comprar las mismísimas latas de frijoles y garbanzos ahí por las colinas.

Marisol disfrutó por unos segundos la imagen de Amauri cruzando solo el asfalto—buena suerte, vaquero; acabálos, espartano—y fue corriendo para tomar la mano de ese lavaloza valiente y cantando y así ay campeón vas a ganar, sí, lo vas a hacer, entraron a una tienda con los escaparates tintados entre una franquicia de móviles y un McDonald’s.

Es oscuro adentro. En el frente hay un par de tragamonedas, detrás de ellas un par de mesas de juego y al fondo en una cajita de plástico hay una señora gordita que convierte dinero en fichas, también de plástico. Amauri quiere jugar a blackjack. Aparece un joven vestido de traje y los instala en una de las mesas. Ellos son los únicos clientes del casino aparte de una mujer que parece una vela derretida sentada en la máquina tragamonedas. El joven les ofrece algo para tomar, pero nada alcohólico, no tienen licencia. Marisol no quiere porque hay algo en esta escena que un refresco no más va a destacar, mientras una cerveza quizás lo hubiera hecho simpático o bien soportable. Pero ve ese traje de poliéster duro y pide una coca.


Después llega otro joven, el repartidor, que lleva un poco mejor su traje; se sienta en la mesa y comienzan a jugar. Las cartas se tapan y se revelan boca arriba; las fichas se cambian de mano en mano. A Marisol se le hace difícil seguir el desarrollo del juego, y más porque no puede dejar de mirar a la mujer fumando y dándole una moneda tras otra. Amauri le gana al crupier y se gira a Marisol. ¿Qué te dije? Te invito la cena. La chica le sonríe. La mujer levanta un brazo y la moción hace oscilar de lado a lado la carne que cuelga de su húmero. De sus garras aparece el disco de bronce apagado y la máquina se lo traga entero. Y la ceniza del cigarro cae, hace pila sobre su zapato izquierda. Hace calor. Se comienza otra mano y Marisol quiere decirle algo a Amauri—por ahí se prende otro cigarro—echarle porras—ha empezado a sudar—pero su «así, campeón» se lanza por una gran cueva, reverbera en el vacío (on, on, on, on). No, su «así, campeón» se ahoga, se comba en la densidad de este salón, es la azúcar del refresco tibio, es el humo que la mujer no deja de exhalar...

¿Cuántas cajetillas ha traído esa? A este ritmo capaz que ella le gane a la máquina el título de la más tragona y nosotros nos morimos de asfixia mientras da su vuelta víctoriosa... la señora de la cajita será la única que sobrevive la ceremonia del premio...

Marisol se despierta un poco del hechizo catatónico del casino. A su lado Amauri ha perdido después de separarlo y le han cobrado el doble. Sigue jugando (una buena mano y ya está) y hablando con el repartidor. Ése es de un pueblito recóndito por el norte y entre jugadas intenta explicarles dónde queda. Para Marisol sus descripciones cada vez más norteñas solo son comprensibles porque el acné del joven le parece un mapa que ella puede trazar hasta la más furiosa espinilla en la frente, donde dice que hay una novia y una niña de dos años esperándolo.


Al cabo de quién sabe cuánto tiempo—eso de ganar lo suficiente para seguir perdiendo es cosa que dura mucho—todas las fichas se encuentran en su lugar a la mano derecha del crupier y Amauri sin un centavo más que gastar. Pero tal vez haya cierta justicia en eso, tal vez esas fichas llegarán a la casita en la cima de esa espinilla, o tal vez no; pero un papá no puede olvidarse de su hija, así protestará la chica ya no tan chica, quizás ya con otro bebé en sus brazos, no, no puede olvidarse, por lo más que se esconda detrás de escaparates tintados.

Ahora este cuento podría terminarse aquí, o puede esperar hasta que los dos chicos se despidan del casino, Marisol evitando ver esa pila cenicienta en el zapato y notando—¿dónde más hay que mirar?—lo flaco que es Amauri, y peor anda encorvado, si no se pone derecho se le va a quedar así la espalda. Los puede esperar hasta que vuelvan al estacionamiento y el cielo esté morado como la franja del bus donde bajen unas señoras para comprar los frijoles y garbanzos que luego comerán sus familias con buen estilo (¿ya ves? por eso hay que ir a las colinas) y al fondo destelle el neón como señal providencial:

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ALITAS & CHELITAS


Y ahí irán como moscas a la luz aunque bien sabe Marisol que la cuenta le tocará a ella pagar. 

JOEL

Cuando yo lo conocí se llamaba LOWKEY y/o KNONE. Estaba parado encima de la rejilla dela banqueta, en plan de robarse unos cinceles de diamante de la tienda de arte enfrente. LOWKEY es estudiante de NET, quien le introdujo a ese medio particular: desde los fines de los 60 hasta aproximadamente 1975 una misteriosa señora los usaba para grabar la palabra PRAY (o, a veces, Worship God) en miles de ventanas de trenes. Así fue el nacimiento de scratchiti, según el folclor, un piadoso intento de llevarle dios a la gente.

Un tren pasaba abajo y el aire salió woosh de la rejilla. LOWKEY, por su parte, odiaba el MTA. «Yo a menudo paso media hora ahí en la estación no más abriéndole la puerta a la gente». Estaba, creo, harto de pagar el pasaje; aunque nunca llegué a saber bien las dimensiones completas de su campaña, y sospecho que ni él las sabía. A pesar de eso, no ocilaba en su dedicación al proyecto. Cuando lo volví a ver un par de horas después, había hecho más de 200 pegatinas de FREE MTA y conseguido cinco cinceles más para inscribir su mensaje equitativamente en las ventanas de los A C E B D F M G J L 1 2 3 4 5 6 7 Q N W R. Luego le pregunté qué tenía que ver su campaña con otros movimientos, si había una pagína web a dónde gente interesada podía ver más información—«bueno», me dice, «FTP está ahí, sabes, y hay otros, ya no me acuerdo de sus nombres...». A LOWKEY no le interesaba www.change.org, www.petition.org; no sabía que este mes que viene Luxemburgo será el primer país en erradicar por completo la tarifa de transporte público ni que las recientes manifestaciones en Chile comenzaron a partir del aumento del pasaje del metro; no soñaba de establecer acá alguna asociación a la línea del brasileño Movimiento Passe Livre o el sueco Planka.nu.


No era anarquista ni liberador ni guerrero de justicia social; no, era un vato de Queens que tenía una infancia bastante infeliz. Según lo que me contó, se rio por primera vez alrededor de los 12 jugando Xbox Live. Vive en el depa que su abuela vació cuando se mudó a Florida y no tiene trabajo; se explicó: «la única cosa que sé que quiero hacer es escribir en los trenes». Como su antepasada espiritual, lo hace con una industria prolífica que llega a rozar lo religioso. En el caso de LOWKEY, sin embargo, es una religión sin dios y sin seguidores: al parecer no hay intención de cambiar las cosas, de seguir el camino justo; y aun si lo hubiera, ¿cómo unas palabritas grabadas en la ventana podrían evangelizar a un vagón lleno de personas pegadas a sus pantallas?

Capaz que no haya nada de nuevo en la idea de un mensaje vacío, del significante desvinculado del significado; culpa de Duchamp, culpa de Warhol, culpa de Instagram: capaz que tal cáscara sea justo el hecho estético — forma sin fin.

Lo vi una vez más, y estaba taggeando su nuevo nombre sobre el buzón en la esquina de Church Street: SHEEPLE.

Friday, May 15, 2020

Escritura creativa 2020: Paige McDonald

Una carrera en el parque
“¿Cómo se conocieron?” me pregunta mi madre por el teléfono.
“En el parque de los perros, curiosamente.”
“¡Uf, dame los detalles, Luciana!”
“¡Por Dios, mamá, bien!
Bueno, como cada mañana, Raúl y yo fuimos al parque para los perros en Washington Square Park para que él pudiera gastar su energía antes de que yo fuera al trabajo. Tú ya sabes, él tiene sus amigos y puede correr y yo puedo socializar un poco antes de ir y sentarme en mi escritorio todo el día.”
“¡Ay, Luci me encanta cómo tienes tu propia vida en Nueva York! No puedo esperar finalmente visitarte.”
“Mamá, no tengo mucho tiempo, ¿puedo terminar?” digo impacientemente.
“Bueno, ¡sigue, sigue!”
“A ver, cuando entramos en el parque, Dejé a Raúl sin correa y él se va corriendo. Veo a Jonathan...”
La escucho chillar de emoción, pero sigo contando la historia, sé que si me detengo por un segundo, no escucharé el final.
“Veo a Jonathan y me di cuenta de que había estado allí con su perro Max al mismo tiempo que nosotros durante la última semana entera. A Raúl le encanta Max, mamá, es tan lindo. Así fui a saludarlo y charlar un poco.”
“Ayy Luciana, te gustó, ¿no?”
“Obvio, mamá, ¿puedo seguir?”
“Sí, sí, sí, adelante.”
“Bueno, mientras estaba preocupada por la conversación, vi por el rabillo del ojo que las puertas, hay dos para evitar que los perros escapen, estuvieron completamente abiertas.”
“¡No!”
“Así corrí a cerrarlas, y entonces estaba buscando frenéticamente a Raúl, pero, él ya no estuvo. Los otros dueños se dieron cuenta de lo que estaba pasando e inmediatamente se pusieron en acción, fue increíble, mamá. Pusieron las correas a sus perros y me ayudaron buscar Raúl en el parque mayor.”
“Qué lindo, Luci.”
“Entonces, yo me situé cerca de la fuente grande, que realmente no es una fuente porque el agua no corre, en el centro del parque. Los otros fueron a los rincones del parque y a lo largo del lado norte donde no hay una valla por un muy largo tramo.
Y de repente, vi un destello de pelaje blanco y negro corriendo en frente de los monopatinadores que practican sus truquitos cerca de este monumento en el lado este. Pensé que el perrito se dirigió hacia una banda de jazz que se sentó justo al sur de mí, pero giró rápidamente hacia el arco.
“Ooh, ¿el arco que se ve en todas las pelis?
“Sí, ese. El arco marca la entrada del parque, y no hay ninguna barrera de cualquier forma. Y que más, y esto es lo que realmente me estresó, Mamá, el arco abre a 5th Avenue, así absolutamente no quería que Raúl vaya allí.”
“¿Pero sus amigos no estuvieron allí?”
“Unos, sí, pero me preocupé de que no pudieran detenerlo. A ver, corrí alrededor de la fuente lo más rápido que pude para intentar atraparlo antes de que saliera. Vi que Raúl, esa maldita escapista, se dio cuenta de que iba a alcanzarlo y de repente cambió su dirección. Pero acá es donde se equivocó, porque ahí en frente de los bancos escultóricos estuvieron parados Jonathan y Max, y Raúl no pudo resistir ir a jugar con su amigo. Así cuando fue, Jonathan fue capaz de agarrarlo por el collar.”
“¡Ay dios mío, que liiiindo, Luci!
“Jaja, yo lo sé. Bueno, y después, yo, probablemente sudando y jadeando tanto como Raúl, abracé a Jonathan y le di mil gracias, etcétera, etcétera., y entonces dije ‘¿qué puedo hacer para recompensarte?’ y él dijo ‘¿Comprarme un café?’. Así que obviamente dije por supuesto y luego un día fuimos a tomar un café, y luego otra noche fuimos a cenar, y luego otra noche fuimos al cine y de repente éramos una pareja, ¡qué sé yo!
“Ah, estoy tan feliz por ti Luciana. ¡Ahora realmente tengo que venir a visitarme!”
“Pronto, mamá.”


Un juego peligroso


“¿Quieres jugar el escondite?” ella preguntó con una sonrisa pícara.
“Bueno, pero tienes que buscar primero” él se río por lo bajo.
Ella empezó a contar atrás desde 30 en voz alta. Él corrió por todas partes, buscando el lugar perfecto. La maleta vacía de su viaje de la semana anterior sentaba abierta en el piso de su dormitorio. Era una maleta realmente grandísima y tuvo la idea de apretarse dentro de ella. Si vamos a jugar el escondite como adultos, yo lo haría bien. Con cuidado, se agachó, y se metió en la maleta tan rápido como fue posible.
“Tres… Dos… Uno… ¡Cero! ¡Listo o no allí vengo!” gritó ella.
Ella caminó de puntillas alrededor por la casa, quería sorprenderlo. Buscó por detrás del sofá, nada. En el armario, nada. Bajo la cama, nada. Buscó por todas partes y nada. Ella empezó a frustrarse. Quería jugar este juego estúpido para intentar algo nuevo, para encender su relación moribunda. No anticipó que él lo tomara en serio. Ella no quería que fuera serio, quería divertirse un poco y nada más. Se enojó. Ya no voy a jugar, él saldrá cuando se canse de esperar. Se sentó en el sofá, encendió la televisión, y subió el volumen para no oír sus propios pensamientos. No quería pensar en este juego, ni en él, ni en su relación.
Mientras tanto él empezó a preguntarse dónde estaba ella. Figuró que tal vez dentro de la maleta sería un escondite demasiado difícil de descubrir. Intentó a abrir la maleta, pero de adentro era mucho más difícil hacerlo. Empezó a entrar en pánico. Usualmente no se sentía muy claustrofóbico, pero estar atrapado dentro de una maleta es suficiente para activar la claustrofobia en cualquiera. Golpeó la maleta, pero no ella no vino. ¿Dónde está? Se puso realmente nervioso, podía sentir que comenzaba a hiperventilar y no había mucho oxígeno. Intentó a gritar, pero no pudo recuperar el aliento. Los rincones de su visión comenzaron a oscurecerse y de repente, no vio nada.
A la mitad de la peli, cuando ella se dio cuenta que este cabrón debe de haber salido de la casa, decidió que ya no quería ser parte de esa relación. Cuando vuelva, voy a romper con él. No lo soporto más.
Se fue a la cama con una nueva seguridad en sí misma, no iba a aceptar peor trata del que merecía.
La próxima mañana, todavía no había vuelto. Su teléfono iba directo al buzón de voz. Empezó a limpiar la casa nerviosamente… o tal vez con enojo, no pudo decidir. La maleta de sus vacaciones estaba en el rincón del dormitorio. Fue a guardarla, pero era demasiada pesada de mover. Pensé que ya la había vaciado… Ella la abrió y su cuerpo flojo se cayó de la maleta.
Ella gritó y corrió a llamar la policía.
    


Friday, May 17, 2019

Escritura creativa 2019: Sarah Field


El app del amor



Izquierda, izquierda, izquierda, izquierda- derecha? Hago clic para ver la siguiente foto. No...Izquierda. Odio esto. Honestamente odio esto. Por Dios, no puedo entender cómo esto es tan popular, cómo la gente logra encontrar a alguien con quien valga la pena hablar con mientras se sienta en la cama haciendo clic. Entonces, ¿por qué estoy aquí? Bueno, porque una parte de mí es curiosa, y también estoy un poco aburrido. Pero la verdadera razón es que mis amigos y yo decidimos la otra noche que dedicamos a ver películas y tomar vino que cada una iría a una cita de Tinder este fin de semana. Si no es por otra cosa, al menos por las historias.

No es que odie salir con chicos, porque eso no es cierto. Pero me molesta cómo lo hace mi generación. Conocer a extraños a través de aplicaciones celulares no es auténtico, no es cómodo. En primer lugar, no importa cuántas fotos veas, no sabes cómo van a ser cuando llegues allí. Por otra parte, como si la configuración de su perfil y deslizar el dedo repetidamente no fuera suficiente frustrante, los mensajes vulgares prueban mi paciencia. Exploro a los mensajes románticos de los chicos- mensajes como “how big are your tits?,” y “come sit on my face so I can eat my way to your heart.” Genial. Esto va muy bien. Para ser justa, no todos los mensajes son tan asquerozos. La mayoría dicen sólo -Hey- o -what’s up?- pero si no dicen nada más interesante, una sólo puede continuar estas conversaciones por un breve tiempo antes de aburrirse y dejarlos.

Entonces llega un mensaje de David:

— Hey, you’re super cute and you seem really cool. Are you free tomorrow night for hot chocolate and an amazing view?—

Miro su perfil de nuevo antes de decidir si responder. Él tiene 25 años, parece guapo, dirige una compañía de consultoría, y vive en Brooklyn. Su mensaje es muy directo pero no veo obvios banderas rojas, y entiendo que a lo mejor quiere conocer a alguien fuera de la app lo más pronto posible.

Yo: Hi! Yeah, sure. What did you have in mind? :)

David: Let’s meet at Junior’s at 8, they have the best hot chocolate in the city

Busco el restaurante en Google. Mierda. Está en Brooklyn. No hay manera de que quiera ir tan lejos para una cita con alguien que ni siquiera he conocido, incluso si es el mejor chocolate caliente de todo el mundo. Yo saco un screenshot del chat y lo pongo en el groupchat que tengo con tres de mis amigas mejores.

Yo: BROOKLYN. LOL FUCK THAT!
Casi instantáneamente Careen y Desiré responden. Amanda no lo ha visto todavía.
Careen: Just make him come here
Desiré: Wait no!! Go to Junior’s, haven’t tried the hot chocolate but they have the best cheesecake!

Hmm. Cheesecake suena bien.


Alrededor de 7:30 la noche siguiente, estoy en mi habitación preguntándome si debo cancelar. Ya llego tarde porque Ross acaba de besarse Rachel en Friends, así que una parte- sino la mayoría- de mí quiere quedarme aquí para ver lo que pasa. Sin embargo, me alejo de Netflix para ir a esta cita. Les dije a mis amigos que iría, y también me siento mal por cancelar tan tarde. Mis expectativas para esta noche no son muy altas, pero espero que a lo menos tengamos cosas de lo que hablar durante una hora o así. También honestamente espero que el cheesecake sea rico.

Yo: On my way!

David: See you soon

Cuando llego al restaurante, una vez más recuerdo lo incómodo que es que ni siquiera estoy completamente segura de quién estoy buscando. Yo decido simplemente enviar un texto que esté aquí y esperar en la entrada, todavía escuchando música. Una ventaja de ser peliroja es que la gente me puede encontrar fácilmente. Le espero aquí.

Mis amigos y yo seguimos hablando en nuestro chat (siempre estamos hablando allí), y les digo que estoy aquí esperando a este tipo.

Desiré: Omg keep us updated

— ¿Sarah?— Levanto la vista de mi teléfono para ver a un chico de que asumo que es David. Es guapo, pero definitivamente más bajo de lo que pensaba. Me quito los audífonos.
— ¡Hey!— Sonrío y me da un breve abrazo.
Hablamos un poquito mientras caminamos a una mesa y rápidamente envio un texto a mis amigos que él está aquí y que me tengo que ir. Están riéndose sobre algo, pero no tengo el tiempo para ver lo que dijeron. Supongo que lo puedo leer más tarde.

Cuando nos sentamos, el mesero viene a preguntar si nos gustaría algo de tomar y rápidamente ordena dos chocolates calientes y pide la cuenta. ¿Ya? ¡Que raro!. Entonces hablamos de su trabajo en la consultoría. Hago algunas preguntas y él me da algunas respuestas poco impresionantes y vagas. Tengo la impresión de que miente sobre su posición o que es una empresa muy anormal.

Somos interrumpidos cuando el chocolate caliente llega, y él aprovecha la oportunidad para cambiar el tema de conversación a mí, haciéndome unas preguntas sobre mis concentraciones. Me pregunta por qué estoy especializando en psicología y aunque no recuerdo exactamente lo que dije, en algún momento de mi respuesta hago un comentario sobre mis estudios sobre el prejuicio y la discriminación. Esto me lleva al punto de que es importante entender la psicología como punto de partida para entender mejor los acontecimientos actuales. Como ejemplo, menciono lo conmocionada que estoy por lo que he leído sobre la política de detención en la frontera mexicana.

— ¿What?— Parece perdido.
— The immigration situation...at the border— Espero que la bombilla brilla sobre su cabeza. No hay nada.

— Do you not read any news?—
— Not really, I don’t need to for my work— ¿Es esa la única motivación que uno debe necesitar?
— Well you know about Trump, right? His platform? I’m sure you’ve heard some things— .
— I know that he’s the president. I don’t know much else about him—. Dios mío. Sé que tengo ciertas ventajas al ir a NYU, pero me sorprende cuando me encuentro con personas que son tan ignorantes, pero incluso entonces, se necesita un tipo especial de persona para estar completamente ajenos a lo que está sucediendo en el país. ¿Vive bajo una pinche roca? Tal vez esta no sea su área de especialización, pero eso es difícil de creer.

— It’s not hard to interact with clients without knowing about anything going on outside the company?— Legítimamente no puede imaginar cómo alguien cuya carrera es trabajar con la gente no sabe nada de política. Parece interesado en lo que estoy diciendo sin embargo, pues me paso un rato en que me sentí como profesora enseñando sobre varios de los eventos actuales que me venían a la mente.

— A lo menos debes ver los videos de John Oliver—, digo —son cómicos— .
Cuando sale el tema de las elecciones, él declara orgullosamente que no votó porque no hace una diferencia ya que tenemos un colegio electoral. Trato de explicarle cómo la votación todavía es muy importante, pero en este punto no creo que lo pueda hacer cambiar de opinión. Sólamente necesito salir de aquí.

— Hey, so listen, this is fun but I’ve got to get going soon— .

— No worries, let me show you the view before you go though!—

Joder, vine hasta Brooklyn, el tipo es un idiota, y el chocolate caliente era mediocre. Aunque no tengo las expectativas más altas sobre la vista, me imagino que a lo mejor debo darle la posibilidad de ser buena vista. En el camino texteo a mis amigas con noticias de mi cita.

Yo: this date is AWFUL

Amanda: oh dear, was the hot chocolate good at least?

Yo: better than the company!

Amanda: shit, deets??

Yo: later, I’m still with him

Desire: Do you want me to call you and give you an excuse to leave?

No puedo evitar sonreír, mis amigas son las mejores.

— Everything good?— Me pregunta.

— Yeah sorry, just my friends making sure I’m not dead— Él sonríe.

Desafortunadamente, pronto me doy cuenta de que la vista de la que estaba hablando es desde la terraza encima de su edificio- algún lugar donde no tenía la intención de aventurarme. Sin embargo, su edificio es bastante impresionante. La terraza es enorme, equipada con una zona de BBQ y un hot tub. Puedo ver todo el horizonte de Manhattan cruzando el río y todas las luces se ven hermosas.

Me pregunta si quiero nadar y no puedo evitar reírme un poco. No hay ninguna manera de que me quite la ropa, ni siquiera si su edificio tiene una vista hermosa. Después de tomar una foto de la vista para mi cuento de Instagram, yo miento y le digo se me hace tarde para una cita con una amiga. Trata de besarme y me alejo.

— I’m good— Yo digo. Él alza sus manos en el aire y se aleja un poquito. Me siento mal, pero también lo encuentro repulsivo después de la conversación anterior. Tengo que salir. Le digo que realmente necesito irme y él camina conmigo al ascensor.

— I’d like to see you again, you’re very interesting— dice. No puedo decir lo mismo sobre mi impresión de él, y no entiendo por qué quería verme de nuevo después de todo eso.

— Yeah. Maybe!— digo para ser amable.

— That’s not a yes—.

Finjo una sonrisa mientras las puertas del ascensor se cierran. Un suspiro de alivio escapa de mi boca mientras saco mi celular para textear. Estoy seguro de que él sabe que no vamos a vernos otra vez.

Amanda: Sarah how’d it go??
Me: 10/10 will not see him again
Careen: least you give it a shot!!
Me: I literally quit

En mi camino a casa recojo un trozo de cheesecake ya que está justo en mi camino al tren de vuelta a Manhattan. Desiré tenía razón, realmente es rico.

Abril de 2016


Recuerdo la puesta de sol, la gran, brillante, bola de fuego desapareciendo lentamente detrás de los árboles fuera de la ventana de mi habitación mientras me sentaba en la cama ese dia. El día se había comenzado normalmente: con clases poco interesantes, conversaciones largos con amigos y tarea que no quería hacer. Planeaba volver a mi dormitorio después de mi última clase a las doce, pero después del almuerzo, cambié de rutina cuando unos de mis amigos sugiere que salgamos del campus al bosque que bordeaba la escuela, algo que yo hacía con frecuencia, pero normalmente sola. Eso es que prefería. Pero ese dia fue diferente, porque ese dia sentia que él necesitaba mi ayuda.

Antes de entender bien lo que paso ese dia, usted tiene que entender que Jared no era un tipo típico. Estaba en su primer año de escuela, y yo en mi último año. Era un tipo torpe, ansioso, emocional, y como resultado, poco popular. Estaba estresado por todo que le estaba pasando en la escuela, especialmente el maltratamiento que recibía de los otros chicos en su clase por ser gay. Ese día, él me acercó con el propósito de aliviar su estrés, y quería irse de campus para fumar. Nunca se había puesto drogado, pues le dije que no iba a darle ningunas drogas si fue solo, a pesar de que me ofrecía pagar, porque no era ningún tipo de dealer. Cuando le dijo esto te lo juro que al principio no tenía ninguna intención de irme consigo, pero eso es lo que ocurrió.

Con el fin de hacerlo, sabía que tendríamos que alejarnos del campus, porque nuestra escuela tenía una policía de cero tolerancia para las drogas. Así que este misma tarde, fuimos al bosque. Él llevó sus problemas, y yo mi disposición empática junto con el porrito que deseaba. Escuché sobre sus problemas, le di consejos, y una hora después, volvimos al campus. Él me dijó que sentía mejor, y yo también sentía feliz por haberle ofrecido mi ayuda.

Pues allí estaba, mas tarde, sentada en mi cama. No recuerdo bien exactamente lo que estaba haciendo, pero recuerdo el golpe en la puerta de mi cuarto. Aunque fuerte, ese golpe no comparaba con el golpe que sentí en mi pecho cuando entró el decano con su asociado. Nunca visitaron los habitaciones a menos que había un investigación disciplinario.

—Abby— El decano dijó. Aunque su voz normalmente era animada, cayó plana ese dia. Fría. — Sabemos dónde estabas antes, y sabemos lo que estabas haciendo—.

Recuerdo que les mire fijamente en silencio, pensando en lo que pudieran saber sobre lo que había ocurrido ese día, si supieran algo de mi viaje al bosque.

—Díganos quién más estaba allí contigo— dijó.

Recuerdo el aire abandonando mis pulmones. Recuerdo quedarme callada mientras me presionaban más para obtener información. Recuerdo apretar mis puños para evitar el temblar de las manos, tratando desesperadamente de mantener mi actitud calmada. Recuerdo el sonido de mis cajones abriéndose y cerrándose, uno por uno, y el sonido chillón que mi cama hizo cuando ellos lo mudé a un lado para buscar las cajas que estaban abajo.

Recuerdo la forma en que el decano se puso de pie, las manos en sus caderas en el medio de mi habitación, mirándome frustrado después de que el registro de mi habitación no resultó nada más que algunos papeles de cigarrillos y un encendedor que me confiscaron. Recuerdo haberme dicho a mí mismo que lo mirara y no se rompiera mi cara de póquer, que el hecho de que estaban buscando en mi habitación y haciendo preguntas significaba que todavía necesitaban evidencias para confirmar sus sospechas. Recuerdo que todo me parecía irreal.

Recuerdo la mirada de sabelotodo cuando el decano me llevó a su oficina, la mirada de una persona ya convencida de mi culpabilidad. Recuerdo unas miradas de lástima que me enviaron algunas de los profesores al pasar el pasillo. Recuerdo el pánico de no tener mi celular, y la soledad que sentía sin poder avisar a nadie sobre lo que estaba pasando. Mis amigos parecían a un millón de millas de distancia.

Recuerdo el momento en que me di cuenta de que mi novio Tyler no tenía ni idea de que me estaban cuestionando. Él estaría haciendo la tarea, o tal vez jugando videojuegos, mientras yo estaba allí esperando noticias de mi futuro.

Recuerdo vagamente cuando el decano repitió su pregunta.

— ¿Quién más estaba contigo?— Recuerdo me quedaba en silencio. Me parecía raro que él no sabía la respuesta, pero no le dí ningún información. Esperaba que Jacob no estaba en la misma situacion que yo.

Recuerdo que de repente, sentada allí sola en la oficina, sentía enojada ante todo. Había gritos en mi cabeza, maldiciendo a la escuela por ser tan anal sobre sus anticuadas políticas. Recuerdo mi odio contra las tontas reglas que impedían que los estudiantes se escaparan del mundo cotidiano de internado, un mundo lleno de estructura, un mundo falto de aventura. Recuerdo que me sentía como si estuviera en un mundo al que yo no pertenecía.

Recuerdo sentirme como una inocente, creyendo firmemente que mis acciones estaban justificadas, que la escuela era tonta por perseguir a buenos estudiantes. Recuerdo las pruebas de drogas que me hicieron tomar, y el sonido de la puerta cada vez que se abría y se cerraba, revelando intermitentemente las conversaciones que tomaban lugar afuera de la puerta. Recuerdo lo incómodo que me sentía de no saber qué iba a pasar.

Recuerdo que después de interrogarme, me encerraron en el centro de salud toda la noche como una prisionera. No había teléfono, no había oportunidad de volver a mi habitación para recoger cualquier cosa. Recuerdo que salí en secreto a las computadoras de la oficina cuando las enfermeras se distrajeron en un intento desesperado de enviar un mensaje a mis amigos para decirles lo que estaba sucediendo. Recuerdo, después de todo, que me sentía como si no tuviera nada que perder, y me sentí momentáneamente aliviada cuando sentí el pánico de mis amigos a través de la pantalla.

Recuerdo la mañana siguiente, cuando ví a Jacob. Estaba llorando, y aunque todavia tenia mieda de lo que iba a pasar me dolió verle allí. Quería darle un abrazo pero el decano no me permitió hacerlo.

Recuerdo unos meses después de nos expulsaron de la escuela, cuando aprendí que fue Jacob quien reportó nuestra paseo ese día, y que realmente fue un accidente. No tenía malas intenciones, pero había ido al centro de salud porque sentía mareada, y allí les contó que había fumado. No mencionó mi nombre, pero no importaba, porque el campus era bastante pequeño y fácilmente alguien nos había visto caminando juntos.

Recuerdo cuando me pidió perdón. Se lo dí a él, aunque todavía no estoy seguro de que realmente lo perdone. Porque ¿cómo puede estar resentido con alguien por su falta de sentido común?

Así fue como eventualmente me perdoné también.

Thursday, May 16, 2019

Escritura creativa 2019: Siobhan Allen


Stonewall Jackson


Ya ha terminado abril, y el fuerte calor del verano ha empezado a estar en el aire. Los soldados sienten el calor, se están quitando la ropa, se lavan desnudos en los ríos. Cuando marchan, muchos se desmayan por la falta de agua, y todos tienen caras rojas. Sin agua, continúan marchándoselo, y esperan que termine la guerra.

Los comandantes saben que la guerra no va a terminar, quizás por años. Tienen fé en las habilidades de los soldados. El ejército de Virginia es lo más fuerte entre los dos lados de la guerra. El resto del ejército de la Confederación no es tan fuerte. La guerra se ha convertido en una enfrentamiento entre la Unión y Virginia, y la lealtad de todos esos soldados está por Virginia.

En la carpa de los comandantes, los oficiales del ejército planean la batalla que viene. Se sienten seguros, quieren ganar y como no están al frente de los soldados, pueden hacer planes más arriesgados.

En un rincón de la carpa están Stonewall Jackson y Robert E. Lee, los comandantes más importantes del ejército. Juntos, quizás ellos puedan ganar la guerra. Saben que va a ser difícil, pero también saben que son los comandantes más exitosos de toda la guerra. Han ganado cada batalla en la que han participado juntos, y en Chancellorsville van a ganar una vez más.

Cuando Stonewall Jackson empieza a hablar, todos en el cuarto se callan. Él explica el plan en voz baja. Stonewall Jackson nunca ha necesitado moverse mucho, o hablar con tanta fuerza. Tiene su presencia muestra poder, y todos escuchan lo que dice. Cuando las balas vuelan, los soldados siempre lo miran, y ven su calma, y empiezan igualmente a calmarse, y gracias a esto y a los órdenes de Stonewall, siempre ganan. Para esa batalla, saben que la Unión tiene cinco soldados por cada uno que tiene la Confederación, pero los soldados todavía están calmos, y tienen confianza.

El plan es así: el batallón de Robert E. Lee va a confrontar el batallón de la Unión en la colina enfrente de Chancellorsville. Mientras él distrae a los soldados en la colina, el batallón de Stonewall Jackson va a golpear la Unión por la derecha, no por la parte posterior como ha hecho muchas veces antes. Va a ser una sorpresa para Ulysses S. Grant, quien conoce a Robert E. Lee y a Stonewall Jackson, y nunca ha sido un comandante como ellos, y la Unión va a perder sus líneas. Cuando la Unión pierda las líneas, los soldados de Lee y Stonewall van a correr entre ellos, y la ventaja numérica ya no existirá. Entonces, los soldados mejores de la Confederación van a ganar. Lee y Jackson tienen confianza en el plan, y por eso todos los demás tienen confianza también.

--Ganaremos otra vez-- dice Lee. --Mientras estemos juntos, la Confederación nunca va a perder.--

Jackson y Lee brindan los vasos, y beben a la salud de la Confederación, una nación guiada por ellos.




12 octubre 2011


El doce de octubre de 2011 empezó como cualquier día en el pueblo pequeño de Seal Beach, California. Seal Beach era un pueblo raro, porque estaba cerca de Los Ángeles, y de otras ciudades grandes, pero era tan chiquito que todos conocían a todos, y el drama del pueblo era público. Estaba cerca de un base militar, entonces muchos soldados y veteranos vivían allá. Los soldados usualmente intentaban casarse con las chicas del pueblo, y las chicas esperaban por los soldados que estaban afuera del pueblo, o del país.

El doce de octubre fue un miércoles. Hacía calor, pero eso era normal para la gente, siempre hacía calor durante septiembre y octubre, y el clima se refrescaba poco durante noviembre y diciembre. Usualmente el clima era muy bueno, y el pueblo muy seguro, y los residentes de Seal Beach no tenían muchas quejas.

Ese día, los chicos fueron a la escuela, como siempre hacían los miércoles. Las madres iban con sus niños pequeños, y los alumnos del colegio estaban emocionados de conducir a ellos mismos. La mayoría de los padres se fueron a sus trabajos (era un pueblo muy tradicional), la mayoría tenían trabajos en el ejército. Después de las ocho y media, las madres regresaron a la casa, e hicieron todo que tenían que hacer con la limpieza y la cocina. Las que tenían trabajo todavía tenían que cuidar las casas, porque las expectativas para las madres en ese pueblo eran anacrónicas. No había muchos profesionales jóvenes, la mayoría ya se había ido, para el ejército o para la universidad, quizás con planes para regresar cuando terminaran las excursiones militares o cuando decidieran tener sus propios hijos.

Algunas mujeres tuvieron que ir al salón para teñirse el pelo, o cortárselo, o chismear con las amigas. Algunas de esas mujeres decidieron ir al Salon Meritage, porque siempre iban a ese salón. La ex mujer de un veterano estaba allí, con unas amigas y otros personas que no conocía.

En el colegio, los profesores, con caras graves, entraron a las clases. Buscaron a algunos alumnos, y los sacaron de la clase. --Tenemos que hablar contigo-- dijeron los profesores. Los estudiantes fueron a la oficina.

En el salón, un veterano con un arma estaba rodeado de cadáveres, incluyendo el de su ex mujer y sus amigas. Muchas personas estaban gritando, la policía ya había sido llamada, pero un arma es mucho más rápido que un coche, especialmente en un pueblo sin crimen.

Todos los alumnos empezaron a llamar a sus padres, para averiguar si sus padres no estaban allí, si sus madres no tenían que ir al salón hoy. Para la mayoría de los alumnos, todo estaba bien. Sus madres estaban en la casa, o en el supermercado, o en otro salón.

Algunos no tuvieron esa suerte. Llamaron, llamaron, y llamaron, pero nadie respondió. En el caso de una chica, su madre no respondió, y pocos minutos después vió al padre en la televisión, rodeado por cadáveres y policía, y con las esposas sobre las muñecas. Otros vieron las madres en la televisión. Los estudiantes sin suerte fueron al hospital con los profesores, para ver si su familia había sobrevivido. Solo uno tuvo esa suerte.

La policía tomó el veterano con su arma, vivo. Ya había hecho lo que quería hacer, no le importó. En el pueblo, pusieron unas velas para recordar a sus víctimas, pero todavía estaban muertas. El pueblo pequeño de Seal Beach, un pueblo chiquito sin crimen, sufrió una un de las masacres más grandes en la historia de los Estados Unidos.