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Friday, May 16, 2025

Gustavo Saenz: Dante's Inferno



Año 1478, Florencia. Las campanas de la Basílica de Santa Maria del Fiore resonaban entre los callejones de mármol y ladrillo. El aire olía a aceite de linaza, tinta y pan recién horneado. Fue allí, en el corazón del Renacimiento, donde despertó Elías Varela, un viajero del tiempo atrapado en una época sin electricidad, sin tecnología, y sin una manera clara de volver a casa.

Elías provenía del año 2077, donde los viajes temporales eran experimentales y clandestinos. Durante una misión de observación histórica, un mal cálculo lo hizo descender demasiado en la línea temporal. Su reloj cuántico —el único medio para viajar— se fragmentó al tocar suelo florentino, incapaz de generar la energía necesaria para regresar. Solo podía retroceder en el tiempo, no avanzar.

Desesperado por una solución, Elías adoptó el papel de un erudito errante. Su fluido latín y conocimiento sobrehumanamente avanzado le ganaron el respeto de académicos y artistas. Fue así como conoció a Sandro Botticelli, quien lo introdujo al estudio profundo de La Divina Comedia de Dante Alighieri. Elías no tardó en obsesionarse con la estructura del Infierno: los nueve círculos de sufrimiento, castigo y redención.

Pero no era solo fascinación literaria. Elías encontró patrones ocultos en el texto. Fragmentos de numerología, metáforas astronómicas y secuencias que, al ser interpretadas bajo lógica del siglo XXII, sugerían un conocimiento criptográfico más allá de lo que Dante habría podido imaginar.

Una noche, encerrado en la biblioteca del monasterio de Fiesole, Elías descifró un pasaje oculto en Inferno, Canto XVII, justo cuando Dante y Virgilio se preparan para descender al octavo círculo. Una oración críptica se revelaba entre líneas: “Quien sepa contar con las llamas y los giros de Saturno, hallará el portal de regreso.” Era una pista. Quizá Dante no solo imaginó el infierno: tal vez lo había visitado, o algo más sabía sobre el flujo del tiempo.

Intrigado, Elías comenzó a reconstruir la estructura del Infierno como si fuese un mapa estelar. Cada círculo coincidía con una órbita planetaria, y cada castigo respondía a un patrón matemático. El último círculo, reservado a los traidores y congelado en hielo, parecía aludir a un punto de energía negativa absoluta: un vórtice que podía anular el flujo cronológico y, tal vez, permitirle retroceder aún más, hasta el origen del desvío temporal.

Pero había un problema: solo se podía acceder a este punto durante una conjunción específica de Saturno y Marte, un evento que ocurría cada 773 años. Por suerte —o destino— uno de estos eventos estaba próximo a suceder en el cielo florentino.

En la noche designada, Elías se dirigió al Campanile de Giotto, el punto más alto accesible de la ciudad. Allí, con fragmentos reconstruidos de su reloj cuántico, un espejo de cobre bruñido y un manuscrito alterado de La Divina Comedia, invocó la alineación exacta de los círculos infernales con las órbitas planetarias.

El aire vibró. El tiempo se fragmentó como vidrio. Por un instante, Elías sintió que estaba suspendido entre el hielo de Cocito y el calor abrasador del primer círculo. Vio figuras: Virgilio, Beatriz, incluso Dante mismo, observándolo sin hablar. Cada uno sostenía un reloj de arena.

Cuando volvió en sí, se encontraba en un laboratorio, en el año 2077. No era su línea original, pero al menos estaba en el futuro. En sus manos, un ejemplar de La Divina Comedia antiguo, con una nueva anotación en tinta negra que él juraría no haber escrito:

“El infierno no está debajo ni en el más allá. Está en cada instante que dejamos pasar sin entender quiénes fuimos, quiénes somos, y quiénes seremos.”

Desde entonces, Elías se dedicó a estudiar cómo las obras del pasado pueden ser códigos, y cómo los círculos del infierno no son solo castigos, sino llaves. Llaves hacia el tiempo perdido.


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