Un blog de creación en español

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Friday, May 16, 2025

Chiara Baer-Way: La Caja de Tiempo



La caja apareció un jueves. 

Estaba revisando portales de empleo en la cocina, comiendo pad thai frío directamente del envase, cuando escuché los golpes—tres toques suaves, como si alguien no quisiera ser oído. No se oyeron pasos en el pasillo. No había camión de reparto afuera. Solo una caja en el umbral de mi puerta, agazapada como un sapo, silenciosa y extraña. No tenía etiqueta. Ninguna dirección de remitente. Ninguna marca, ni siquiera cinta adhesiva. Solo un cubo opaco, color hierro, con una docena de pernos sujetos en las juntas, como la escotilla de un submarino o una caja fuerte de un búnker de guerra. Le di una patada suave. No se movió. Intenté levantarla. Era pesada, pero no imposible—solo densa, de una manera que se sentía… definitiva. Como si estuviera hecha para permanecer cerrada. La metí dentro. No debería haberlo hecho, pero lo hice. Déjame retroceder un poco. Me llamo Talia. Tengo veintiséis años. Vivo sola, a menos que cuentes la pila de ropa sucia que ha estado acechando mi silla de escritorio desde febrero. Las cosas no han ido precisamente bien. Mi novio me dejó en enero, mi terapeuta me dejó de contestar en marzo (sí, eso pasa), y la semana pasada recibí un correo diciendo que la beca en la que había puesto todas mis esperanzas se había cancelado. Últimamente he estado atrapada en una especie de melaza extraña—donde todo se siente lento y pegajoso, como si incluso mis propios pensamientos estuvieran posponiéndolo. Así que cuando apareció la caja, fue como si el universo finalmente me hubiera entregado algo tangible. Un rompecabezas. Un desafío. Una razón. Primero probé las cosas lógicas: destornilladores, cizallas, un martillo. Las herramientas simplemente resbalaban, como si la caja estuviera hecha de espuma viscoelástica y titanio al mismo tiempo. Incluso busqué en Google “cajas raras imposibles de abrir.” (Reddit no fue de ayuda, por si te lo preguntabas.) Después vinieron las cosas desesperadas. La lancé desde el balcón. Nada. La dejé afuera bajo la lluvia toda la noche. A la mañana siguiente, estaba seca. Probé con fuego. Probé con hielo. La enterré. Le grité. Le susurré. Le conté cosas que no le había dicho a nadie desde la secundaria. Aun así, permaneció cerrada. Cada noche se sentaba en la esquina de mi habitación como si esperara algo. Observando. Después de una semana, empecé a soñar con ella. Soñaba que la abría y me veía a mí misma, más joven, quizás de quince o dieciséis años, llorando en un baño del colegio. En otros sueños, la abría y encontraba la voz de mi madre—esa parte de su voz que no había escuchado desde su derrame—suspendida en un frasco, como perfume. Los sueños me cambiaron. O quizás me revelaron. Empecé a escribir otra vez. Incluso a pintar. Dejé de actualizar mi correo cada cinco minutos. Era como si la caja se negara a abrirse hasta que yo volviera a ser una persona. Y entonces, una noche, me levanté alrededor de las 2:47 AM—porque algo me dijo que lo hiciera—y caminé hasta la caja y me senté frente a ella. Puse la mano plana sobre la tapa y dije:

—Ya no intento romperte. Ahora estoy escuchando.

Y los pernos… se soltaron. Uno por uno. Click. Click. Click.

La tapa se deslizó sin hacer ruido. Adentro, no había nada. Ni siquiera polvo. Solo aire. Pero luego el aire brilló, como el calor sobre el asfalto, y todo se plegó sobre sí mismo. Sentí mi cuerpo comprimirse, estirarse, disolverse. La habitación se retorció. Ni siquiera tuve tiempo de gritar. 

La caja apareció un jueves. 

Estaba revisando portales de empleo en la cocina, comiendo pad thai frío directamente del envase, cuando escuché los golpes—tres toques suaves, como si alguien no quisiera ser oído. No se oyeron pasos en el pasillo. No había camión de reparto afuera. Solo una caja en el umbral de mi puerta. Esta vez, la reconozco. El corazón me late con fuerza. 

Las palmas me sudán.

La miro.

Y entonces, los golpes se repiten. Pero esta vez no vienen de afuera.

Vienen desde dentro de la caja.


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