Un blog de creación en español

Un blog de creación en español

Wednesday, May 15, 2024

Nico Navab: La Ola



Hay una enorme cultura del surf en Manhattan Beach California y los padres inician a sus hijos en el surf a la misma edad en que comienzan a caminar. Siempre que iba con mis amigos a la playa, siempre nadaban hacia lo profundo y buscaban las olas más grandes. Yo me quedaba en aguas poco profundas, incapaz de avanzar más. De niño, esas enormes olas me mostraron el poder del mar y veía al mar como un lugar donde la Madre Naturaleza puede hacer con nosotros, los humanos, lo que le dé la gana. Veía las olas como ominosas, inevitables paredes de destrucción que pueden arrastrarte lejos de tu familia y nunca devolverte. Pasaba horas en la playa todos los días intentando mentalmente superar el obstáculo, pero siempre fracasaba. Me propuse como objetivo durante años llegar al "deep end" donde las olas llegaban a tamaños imponentes.


Un día, mi primo mayor Darion me llevó a la playa con sus amigos y me dijo que el oleaje estaba pesado. Me asustaba demasiado pero no quería que se me notara, así que le dije que no importaba, estaba listo. Todo 

—¡Vamos, Nico, métete! Las olas están pegando hoy —grita Darion mientras corre por la playa. El agua está más agitada que nunca.

—Eh, sí, ya voy, dame un momentito —respondo mientras estoy parado en la arena, reuniendo la confianza para entrar en el mar que siempre me ha dado tanto miedo. 

Respiro profundamente mientras el sol de California golpea mi cuello bronceado. Darion ya es un teenager y yo apenas tengo diez años, ¿cómo espera que me tire a la acción sin dudarlo? Siempre veo a mis amigos y primos surfeando sin miedo, pero nunca puedo reunir la confianza para remar suficientemente lejos y hacerlo yo mismo. ¿Y si me ahogo? Justo el año pasado hubo un ataque de tiburón en esta misma playa, ¿y si me comen? Para mi primo, estas olas son emocionantes, pero para mí son aterradoras. Siempre he tenido miedo del mar por las historias sobre corrientes de resaca, tiburones y olas enormes. En días como este, suelo mantenerme fuera del agua, pero ya que estoy aquí, no hay vuelta atrás. Mientras veo a Darion remar por el agua azul oscuro, sonriendo de oreja a oreja, me digo a mí mismo que hoy es el día en que mi miedo se va a conquistar.

—¡Nico, métete! Vas a estar bien, ¿qué es lo peor que te puede pasar? —grita Darion mientras está sentado en su tabla.

Sin pensar, mis pies comienzan a llevarme por la arena y me encuentro en el agua remando lo más rápido que puedo. Miro adelante y veo a Darion riéndose, probablemente de mí. ¿Cómo es que este chamo está tan relajado? Por más que avance,  me quedo más congelado por el miedo.

Mi primo se da cuenta y llama: 

—Ven acá. No seas tonto. Recuerda lo que te enseñé, cuando una ola grande se rompe cerca de ti, todo lo que tienes que hacer es “la tortuga.”

—Listo, listo —respondo como si supiera lo que estoy haciendo.

Unos segundos después, veo una ola rompiendo a unos pies de mí. En lugar de hacer la tortuga, me quedo congelado y dejo que la ola me devore. Estoy dando vueltas bajo el agua como si estuviera en una lavadora violenta. Después de volver a salir, estoy desorientado y mi hombro late por haber sido golpeado contra la arena. Me doy cuenta de que viene una nueva serie de olas set y me digo a mí mismo que me recobre la compostura. 

Otra ola rompe delante de mí y esta vez me sumerjo debajo. La ola me pasa por encima y vuelvo a subir, ileso. En este punto, me estoy acercando rápidamente a Darion. Me siento más seguro cuando estoy al lado de mi primo porque él sabe lo que está haciendo.

—Dale Nico, lo hiciste bien. Sigue así, y ya pronto vas a agarrar una—comenta Darion.

Una vez que estoy remando junto a mi primo, veo una ola formándose en la distancia.

—¡Esta es tuya! Monta esa vaina. Confía, lo puedes hacer —dice mi primo.

Este es mi momento. Tengo que intentar montar esta ola, no importa si me caigo. Cuando me pongo en una buena posición, me giro. La ola se arremolina, y remo lentamente adelante. La ola  me lleva. Me levanto y extiendo los brazos para mantener el equilibrio. La ola debe tener solo 2-3 pies de altura, pero en ese momento se sentía enorme. Estoy equilibrado y surfeando.

Surfeo la ola hasta la orilla. Las aletas se clavan en la arena, y me caigo de la tabla.

—¡Darion! —grito yo—, ¿viste eso?

Mi primo se ríe.

—Rompiste bro, ahora ven y hazlo otra vez—responde Darion desde el agua.

Corro de vuelta al agua, queriendo más acción. Hace unas horas, temblaba solo de pensar en el océano. Desde entonces, la playa se convirtió en un refugio seguro. Un lugar donde podía salir y superar mis miedos mientras me divertía. Llegué a preferir los días de tormenta cuando no había nadie más porque sentía el poder y el orgullo de ser el único surfeando. Convertí un lugar que antes me daba mucho miedo en un lugar donde podía sentirme realizado?. El mar me ha enseñado demasiadas cosas de mí mismo y cada vez que voy descubro algo más.


Virginia Van Geyzel Kelaart: Caminos cruzados



En el corazón de una ciudad vibrante se encontraba el Café del Sol, una pequeña y pintoresca cafetería conocida por su ambiente acogedor y la calidez de su camarero, Alvaro. Alvaro tenía un talento único para reunir a la gente, tejiendo historias que flotaban en el aire como el aroma del café recién hecho.

 

Una tarde lluviosa, mientras el café vibraba con el sonido de las gotas de lluvia y un suave jazz, Anna, una joven artista, entró en busca de refugio e inspiración. Se fijó en un viejo cuaderno abandonado sobre una mesa, cuyas páginas estaban llenas de comienzos de historias, pero ninguna completa. Curiosa, empezó a leer, y pronto se encontró perdida en un cuento dentro del cuaderno, sin darse cuenta del extraño que había entrado, buscando las historias que había dejado atrás.

 

Dentro del cuaderno, Anna encontró la historia de Julian y Elise, dos almas que se conocieron por casualidad en una biblioteca en un tiempo y lugar diferentes. Julian, un escritor que luchaba contra su bloqueo, y Elise, una pianista que buscaba una nueva melodía, encontraron consuelo e inspiración el uno en el otro. Su historia se desarrolla en los márgenes de los libros, un mundo secreto que han creado lejos de los ojos del mundo.

 

A medida que su historia se profundiza, también lo hacía su conexión, hasta que un giro del destino los separó, dejando su historia inacabada, una melodía sin final. Julian había volcado su corazón en el cuaderno, con la esperanza de que algún día Elise lo encontrara y supiera que él nunca había dejado de buscarla, que nunca había dejado de escribir su historia.

 

Mientras Anna pasaba las páginas, absorta en la historia de Julian y Elise, el desconocido se acercó a ella. Se llamaba Martin y el cuaderno era suyo. Le explicó cómo había ido coleccionando historias, dejándolas incompletas, con la esperanza de que alguien las encontrara y tejiera sus propios finales. Pero la historia de Julian y Elise era diferente: era la suya propia, una confesión de amor perdido y la esperanza de un reencuentro.

 

Anna, conmovida por la historia de Martin y la cruda emoción de sus ojos, decidió ayudarle a encontrar a su Elise. Juntos emprendieron un viaje, siguiendo la historia hasta sus orígenes.

 

A medida que pasaban los días, Anna y Martin se sentían atraídos el uno por el otro, su búsqueda los acercaba, compartían historias y sueños, risas y lágrimas. Y en su búsqueda de Elise, descubrieron algo inesperado: una nueva historia, su historia, que empezaba a desarrollarse.

 

Al final, se dieron cuenta de que algunas historias no estaban destinadas a terminar como empezaron. Martin encontró un final y, con Anna, comenzó una nueva melodía, una historia propia, inspirada en el pasado pero que mira hacia el futuro.


Diego Medina: Un héroe nacional



  Se encontraba solo en la sala de su casa de campo cuando los cerdos le dieron su última visita.  Él estaba meciéndose en un sillón, tomando café y comiéndose una tostada de pan sobao con mantequilla.  Leía el periódico tranquilamente mientras sonaba una salsa del gran Maelo Rivera en el fondo. 

-       PAM PAM PAM – sonaba la puerta.

-       ¡Aja! ¿Quién es? – contestaba el señor.

-       Señor Ríos, soy del departamento de hacienda.  Tengo unas preguntas que hacerle.

Roberto Ríos se levantó del sillón, dejó la taza de café en una mesita que estaba a su lado y cogió su bastón para recibir al hombre.  Al llegar a la puerta, quitó el seguro y en ese mismo instante, el extraño empujó fuertemente la puerta y en cuestión de milisegundos Roberto Ríos estaba tirado en el piso.  En el impacto se le habían caído sus espejuelos, pero podía ver la sombra de lo que parecía ser 10 hombres armados.  En ese momento, el señor Ríos supo que el día de su suerte había llegado.  Los hombres cerraron la puerta, levantaron a Ríos y lo sentaron en su sillón. 

La claridad de la sala hizo que la visibilidad del señor mejorara un poco y en eso notó que los chalecos de los hombres llevaban marcados tres letras amarillas.

-       ¿Quiénes son ustedes?

Todos los hombres se echaron a reír.  Aquel que parecía estar al mando, subió la música en la radio al máximo, tumbó la mesita donde estaba el café y el pan, agarró a Roberto por el cuello y le dijo al oído:

-       Tu sabes muy bien quiénes somos so cabrón.  Bastantes años has estado jodiendo el parto y ahora sí que no hay quién te salve.

El hombre le insertó una pistola Smith & Wesson en el ombligo y disparó dos veces hasta que Ríos cayó de espalda en su sillón.  Luego lo rodearon los demás hombres y lo acribillaron mientras ya estaba moribundo en el piso.  Después de eso, el hombre al mando disparó dos tiros a la pared, limpio el mango de su pistola y se la puso en la mano al cadáver. 

-       Señor gobernador, el operativo ha sido concluido. – decía en el teléfono.

-       Muy bien capitán John, ¿no hubo testigos además de los nuestros?

-       Negativo señor, solo se encontraba él en el domicilio, como habíamos previsto.

-       Excelente.  Le avisaré al comisionado residente en Washington para que le notifique al presidente de su acto heroico y compromiso con la nación.

-       Entendido, ha sido un honor.

Al día siguiente, salió en las noticias que el capitán John Figueroa había sobrevivido un ataque del enemigo del estado Roberto Ojeda Ríos mientras se realizaba una investigación en su hogar.  Figueroa ha de convertirse en uno de los nombres patrióticos de nuestra nación dado su valentía y sacrificio por el pueblo puertorriqueño.


Dominic Florian: Mala idea



Cuando la mujer se puso los audífonos, notó que olían mal. De repente fue mala idea ir a ese viaje, pensó ella. Su madre le había regalado un viaje al Caribe para ella y su novio. Estuvieron muy  enamorados por mucho tiempo, pero eso cambió el día que entró a su casa para encontrarlo con otra. Imagínate, era su mejor amiga de toda la vida. Ella lo botó de la casa y se puso a quemar su ropa. Que se pudra en la calle, ella pensó riendo. Bueno, no se pudo recuperar la plata del viaje, y su madre sugirió que ella fuera sola, y encontrara otro amor como en las películas. Pero ella no estaba muy segura, nunca  había tenido la mejor suerte en el amor. 

Al poco tiempo la aeromoza le dio una máscara para dormir y otra vez olía algo feo. Pero no tuvo ni tiempo de pensar en qué era porque sus ojos se cerraron al instante. Ella no supo por cuanto había dormido, pero cuando se despertó, se encontró ya en la isla del Caribe. De repente todo pasó muy rápido, y ella no sabía cómo llegar al hotel. Había una carta de su madre, deseándoles un bonito viaje. Se puso a llorar por un momento. Su cuarto estaba pintado de rojo y rosado, con corazoncitos chicos pegados a la pared. Tengo que salir ahora si no me ahogo aquí con tanto amor. Se fue inmediatamente a la playa, con su ropa de baño nueva que había comprado para él. Al poco tiempo notó a un hombre leyendo un libro en una silla en la orilla. Tenía una expresión de paz y felicidad, sin ninguna preocupación. Generalmente, ella nunca había sido una persona de ir y hablar con un muchacho. Era más fácil mirarlos de lejos y esperar que ellos hablaran con ella. Pero mire que le resultó. Un engañoso. Con la poca dignidad que le quedaba, se fue a hablar con él. 

Solo se recuerda levantándose en la mañana, y ver que él estaba durmiendo en la cama con ella. Pero quién es el? Ella le había hablado? Levantándose de la cama se dio cuenta de un dolor fatal en su cabeza. Había tomado la noche antes. Trató de hablar con el hombre, de saber cómo había llegado hasta allí, pero estaba tan dormido que no pudo. Se fue abajo para tomar aire, pero había personas que llegaron a saludarla.  Ella no les conocía y estaba muy nerviosa porque nunca hablaba con tanta gente. Miro hacia abajo y se dio cuenta que tenía puesta su ropa de baño, mojada. Pero ella nunca nadaba en el océano. Desde niña ella pensaba que había tiburones y que era mejor no nadar ahí. Mejor voy a llamar a mi madre para ver si sabe algo….

Abrió sus ojos al ver una silla del avión. ¿Dónde estoy? pensó ella, y miró a los otros pasajeros para ver si alguien la podía ver. Toda la gente estaba dormida. Pero entré a la playa, pensó ella, y vio que su ropa de baño estaba mojada. 

Uy, qué me pasó?


Bobby Zabin: ¿Te quedas conmigo?




Dentro de la sala del tribunal, Coco se sentaba con los dedos entrelazados mientras esperaba la sentencia. El aire se sentía pesado, cada segundo más largo que el anterior. Tenía los dientes apretados y la expresión inmóvil. Respiraba a un ritmo constante: uno dos, uno dos. Definitivamente quería parecer relajada.


La acusada se sentaba estoicamente, su expresión mostrando poco. La evidencia contra ella era condenatoria. Y aún así, ella no parecía nerviosa. Estaba pensando.


Mientras la fiscalía presentaba su argumento, Coco recordaba el día en que había encontrado a su esposo muerto después de un Moscow Mule. Fue testigo de cómo su aliento se volvía más agitado y sus ojos comenzaban a aletear como una mariposa mientras se desmayaba. 


Una voz paró la corriente de sus pensamientos. 

–¿Cómo puede alguien considerar que la vida humana sea tan insignificante? No lo puedo comprender.


Las palabras de los abogados resonaron en la sala como truenos. Siguió escuchando a la fiscalía. El informe de toxicología reveló que su esposo tenía cinco veces la dosis letal de fentanilo en su sistema. Que también su Moscow Mule contenía una dosis letal de quetiapina, un antipsicótico. Medicamentos de su esposa. Que ella había comprado cuatro pólizas de seguro de vida diferentes para la vida de su esposo, llegando a un total de 1,9 millones de dólares. Los hechos le aburrieron, y se dejó llevar por la memoria.


Coco recordaba los días que pasó sin sentir nada después de la muerte de su esposo. Se despertaba en las mañanas, sacaba el perro, cocinaba, salía a trabajar, y volvía. En la ausencia de su esposo, podía reconocer el rencor y arrepentimiento que tenía que soportar. Recordaba las disputas financieras que los acosaban, la tensión fermentada a punto de destruirlos. El miedo de su esposo cuando estaban en otro país, y cuando le servía bebida.


Los pensamientos nunca la podrían agobiar. Decidió tomar la oportunidad de convertirlos en algo que le pudiera servir. Recordaba las horas nocturnas que pasaba sola, sus dedos sobre el teclado encendido. Buscaba y leía, ensayos sobre el duelo, libros sobre catarsis, cuentos sobre el dolor. Saboreaba sus ideas, y las vertía en las páginas de su nuevo libro para niños: “¿Te quedas conmigo?”. No importaba que no sentía nada del llanto que leía en los libros, solo que entendía que hechos y anécdotas merecían la publicación. A lo largo del proceso, la culpa susurraba en los rincones de su mente. No podía dejar de pensar en la ganancia financiera que su libro representaba.


 De nuevo, la voz autoritaria de la fiscalía perforó la pared de su conciencia.

–... meticulosamente colectada por nuestros detectives…La acusada buscó por Internet: “Luxury prisons for the rich in America”, “death certificate says pending, will life insurance still pay?”


Mientras la familia de su esposo la miraba, recordaba escribir su libro, “¿Te quedas conmigo?”. La ironía de todo no se le escapaba. La mujer que había escrito un libro sobre lidiar con el duelo ahora estaba en la sala del tribunal, esperando que se hiciera  justicia. Luchaba contra el mundo que la quería encarcelar por haber protegido su carrera, su hogar, sus sueños y ambiciones. Y todavía su alma seguía cargada con el peso del asesinato. Lo único que quería, y que le dijo a su esposo que hiciera, fue que se quedara con ella. No como amante. Su esposo nunca le fue infiel. Que se quedara a su lado, que no tomaran posiciones opuestas en la discusión sobre la empresa.


Pero mientras pensaba en el libro, Coco encontró consuelo en las reflexiones que hizo sobre su esposo muerto. Su risa, el calor de su abrazo, aún sus palabras susurradas con el mal aliento de la mañana. Para ella, era una lista del amor que una vez había llenado su casa, antes de que fuera manchado por la traición. La estupidez de su esposo. 


Coco suspiró, su expresión aún congelada. Mientras los recuerdos de su esposo bailaban en su mente, Coco recordó que no pudo evitar deleitarse de la satisfacción de un plan ejecutado perfectamente. El Moscow Mule que le había servido, el acto final de una sinfonía de engaños cuidadosamente compuesta. Sonreía al verlo desplomarse, su vida deslizándose con cada aliento que le costaba más y más esfuerzo.


Wesley Connelly: ¿Por qué nos manifestamos?




Amigo mío, estamos en Nueva York. El hogar de…de… ¿de qué? Depende de a quién le preguntes. Tal vez un finance bro te diría que New York es el hogar del capitalismo, del sistema económico mundial. Quizá un bleeding heart liberal estudiante universitario te recordaría que New York es el hogar de Stonewall y el movimiento por los derechos gay. Un practicante de panafricanismo declararía que Nueva York era el hogar de Malcolm X y del orgullo afro-americano. Todos tienen razón, pero ahí está la cosa—no importa lo que digas, la gente te va a pelear. Porque Nueva York, como cualquier otro espacio urbano, es un sitio de discusión y conflicto ideológico. Hay una gran historia de esta noble pelea en New York, pero, hoy en día, veo un cambio. 

 

Es diciembre de 2023 en Greenwich Village, NY. Hace frío y los atardeceres tempranos están jodiendo mi idea del tiempo. Son las cinco de la tarde, pero en mi mente pueden ser las 21:00, 23:00, o aún las cinco de la mañana. Es la semana de exámenes finales y estoy mirando directamente al cañón de un examen de biología y química. Aunque mi espíritu laboral se fue con el último sorbo de café, todavía ando caminando para la biblioteca—una rareza para mí. Tal vez si hubiera estudiado más duro durante el semestre, no habría tenido que pasar tanto tiempo en la biblioteca esta última semana. Llego a la esquina la Calle 8 y la Avenida 5 y empiezo escuchar algo ruidoso. Gritos. Tambores. Una sirena. Está claro lo que está pasando. Una protesta. Se han convertido en comunes en las semanas recientes. La guerra (o el terrorismo, o el genocidio, o la cruzada) en la Tierra Santa es la causa, y en Nueva York, la gente lleva su lealtad como una marca de moda lujosa. No es solamente una opinión política sino una marca de identidad. Más que nada, para mucha gente, es una tendencia social.

 

En esta protesta veo más grabaciones de iPhone de lo que esperaría. 

 

Me recuerda de la expresión idiomática en inglés: si un árbol cae en el bosque y nadie lo escucha, ¿habrá un sonido? De la misma manera piensa mucha gente que veo protestando hoy: si asistes a una protesta y nadie la ve en tu Instagram story, ¿estabas allá realmente?

 

No me molesta, no me enoja, pero me interesa. Vivimos en una sociedad en la que tenemos que pregonar quiénes somos. Las creencias, las acciones no son suficientes ya. Si nadie sabe, si nadie nos presta atención, no vale nada. Por un lado, esta idea ha creado una cultura en la que la gente siente una presión para llevar a cabo sus creencias. Y muchas cosas buenas vienen de esta acción. Pero por otro lado estamos en proceso de abaratar las acciones políticas y el enojo noble. Si todo el mundo, todo el tiempo está en las calles, exigiendo justicia pero también buscando peso social, es fácil ignorarnos. Si nos manifestamos por razones egoístas, hemos perdido el espíritu de la protesta. 

 

Le digo “buena suerte” a la protesta y continuo a la biblioteca.


Camila Islas: No me dejes gritar




El cielo era de color carmesí. Una mezcla entre las nubes amarillas y naranjas hacían que todo  debajo tuviera una sensación de calidez, de mañanas con el sol siempre constante,  acompañando a los niños que revolotean entre los jardines ajenos, de alondras calladas y  mujeres ocupadas con meriendas y habladurías. Un cielo escarlata, como tus labios, como tus  uñas recién pintadas, como tus valijas.

Tu primera mirada hacia la casa rosa viejo, que contrastaba con el arrebol que cubría  la ciudad entera, fue de absoluta decepción: las ventanas tan sucias que no entendías cómo la  señora Wallace las había limpiado cuando viniste a ver la casa, y el jardín un completo  desastre. Exhalaste con impotencia, sabías que no podrías cambiar nada en la casa ya que no  te ibas a quedar mucho tiempo, dos semanas, tres cuando mucho. Te irritaba solo pensar en el  papel tapiz despegándose de las paredes, del techo de la cocina y del baño con tanta humedad  que temías entrar en la regadera. Pero querías tener un buen presentimiento, querías tener  como recordatorio que lo hacías por tu bien y por tu trabajo, por unas vacaciones bien  merecidas de tu familia y de esas amigas que tanto odias pero conservas sin razón alguna.  

 Utilizaste la palabra vacación como una excusa, como una justificación del descanso  que necesitabas. Pensaste que unos días fuera de tu vida cotidiana te ayudaría a seguir  escribiendo. Recientemente te habías encontrado estancada en una historia, en las prosas que  no fluían, en personajes sin nombre y escenas sin sentido. Te convenciste de que necesitabas  un respiro para poder volver a ella: una heroína que moría honorablemente, sin un sollozo de ayuda, en silencio; ni un grito. Te había intrigado tanto tu pequeña aventura, pensándola a  todos momentos del día, que de un momento a otro simplemente te quedaste en blanco— ¿por  qué moriría? Torturabas tu cabeza tan poética y descriptiva con una posible respuesta. Según  tu explicación lógica era que los demás quienes no te dejaban pensar, que se te llenaba el cerebro  de ideas que no servían para continuar con tu trabajo, y decidiste llamar a la señora Wallace.  En aquel evento de navidad ya lejano, la tierna anciana te ofreció “lo que tú necesitaras”.  Decidiste cobrarle el favor, y ella sin pensarlo dos veces te brindó su hogar, “todo por esas  palabras tan lindas que conviertes en poemas” te decía.  

 Y, en fin, aquí estabas, sabiendo que lo único que evitaba que no arreglaras la casa a tu  gusto, algo que la señora Wallace te repitió un millón de veces que no podías hacer, era  escribir en esa Royale tan vieja que el sonido de pasar de párrafo estaba desafinado. Tus dedos  se movían sin problemas, tus ojos seguían las líneas y tus oídos se deleitaban con el sonar de  las teclas. El tocadiscos era tu fiel acompañante durante todo el día, y hasta a veces en la  noche: te gustaba cocinar con alguna canción de jazz, quizás Aretha Franklin si estabas de  muy buen humor, y en la noche ponías algo un poco más movido. Bailabas sabiendo que  nadie más te estaba mirando, hablabas contigo misma porque sabías que nadie más te  escuchaba, y no le tenías miedo a la soledad. Pero eso cambió, y tú también.  

 Era de día, ocho de la mañana. El café te esperaba ansioso junto al libro que habías  comprado recién y al periódico que nunca recogías de las escaleras de la entrada, acomodados  perfectamente en la mesa junto al único sofá que pudiste desempolvar, ese con un tapizado de flores que se te había hecho costumbre voltearte hacia la ventana, mirando al jardín.  Pero tú te levantaste a las nueve de la mañana, como nunca lo habías hecho.  

 Tenías una pesadez en los ojos que apenas te dejaba ver las escaleras. Tus pies  tropezaban con la alfombra y los arrastraste hasta llegar a la sala, donde el olor a café por fin  te despertó de tu torpeza. Abriste los ojos y cuidadosamente volteaste hacia los lados, miraste  con cautela la puerta de entrada, cerrada, con la llave puesta desde atrás, como la habías  dejado la noche anterior. Te asomaste, como si pudieras resbalar y caer dentro, para ver la  taza, mientras el vapor mojaba un poco tus mejillas que habían perdido completamente su  color. Tu libro estaba en la misma página donde lo habías dejado y el periódico aún envuelto. Respiraste profundamente e intentaste imaginarte ayer, haciendo café, que para  ahora estaría más que helado y lo sabías, y poniendo tu libro a su lado, que habías dejado en la  mesa de noche junto a la cama y lo sabías. El periódico no tenía explicación. Nada tenía  explicación. Tiraste el café en el lavabo e hiciste uno nuevo. No tenías miedo, te lo repetiste  treinta y tres veces mientras tu nueva taza estaba lista, y pusiste un disco de Louis Armstrong  para olvidarte de la situación, para sentirte acompañada; pero tú ya sabías que no estabas sola.   Decidiste no tocar el periódico y te dirigiste a los aposentos de tu preciada Royale un  poco temblorosa pero determinada a escribir un poco. Pusiste una hoja nueva, realmente por  pura inercia, pues tu mente no te dejaba en paz: creaste mil y una escenas, con personajes  definidos y una trama digna de una novela entera, sobre el café y su vapor y el periódico (tu  mente en realidad nunca te dejaba en paz, es la maldición de ser una escritora, solías decir).  Pero al sentarte, con tus manos rozando las teclas, unas letras frescas en el papel blanco  llamaron tu atención: ‘lee el periódico’. Exhalaste tan fuerte que los vecinos de la calle contigua pudieron haberte escuchado, pero nadie lo hizo, y nadie lo haría. 

Bajaste por el periódico y subiste al estudio de nuevo, sentándote frente al papel, como  si fuera el testigo de que leerías lo que te pidió.  

“Otro asesinato en la calle Prentice que lleva a la desesperación de sus habitantes…  los locales dicen no haber visto nada sospechoso… siempre ocurren de día, dato que a sus  habitantes les parece extraño… el culpable no es más que una bruma que viene y va  desapercibida…”  

 La respiración se te cortaba. Tragaste saliva y el periódico temblaba entre tus dedos.  Miraste hacia el frente, después hacia la ventana y al jardín. Miraste a todos lados en busca de  una señal, de algo que pareciera lógico y que no fuera producto de tu imaginación. Te  quedaste inmóvil, como si el estudio te protegiera, como si la Royale te pudiera salvar.  

 Escuchaste unos pasos que supusiste que venían de la sala. Te quisiste asomar por la  puerta hacia las escaleras, pero tus pies parecían no ser parte de ti, estancándose sin hacerte  caso alguno. Los pasos se alejaron y se oyó el choque entre la taza y el lavabo, y después La Vie En Rose comenzó a sonar, dándote escalofríos por toda la espalda. El sudor te recorría la  cara, más y más gotas bajaban hacia tu cuello mientras los pasos se oían más cercanos.  Decidiste voltear la silla hacia la ventana y cerraste los ojos, sabías que no podías hacer nada,  pero tus manos encontraron las teclas y se movieron como si fuera la primera vez. Empezaste  a imaginar el final de tu aclamada aventura, pero no pudiste llegar al verdadero desenlace.  Tu respiración era fuerte, la canción te resonaba en los oídos y las letras aparecían en el papel,  dudosas. Los pasos cesaron, pero tu respiración ya no era la única en la habitación. Un aire  soplaba en tu oído, susurrando la letra de la canción. 

 El cielo era ahora azul, claro y despejado, ni una nube en el horizonte. La Vie En Rose seguía sonando en el fondo, las trompetas agudas y la voz grave de Armstrong se escuchaba  en cada esquina de la casa que se caía a pedazos, pero tus labios seguían siendo color  escarlata, al igual que tus uñas, al igual que tus valijas ya vacías. Para ti, el cielo seguiría  siendo carmesí, al igual que la sangre salpicada sobre la Royal y la única frase en el papel. 

 No te hice caso.


Jenihana Vargas: Mi ultima mision: 9/11



Desde el momento en que mis ojos se abrieron ese martes por la mañana, algo se sintió diferente. La serenidad inusual en el aire contrastaba marcadamente con el bullicio habitual de la ciudad de Nueva York. Incluso al desayunar, cada bocado de mi tostada y sorbo de café parecía imbuido de una tranquilidad que rara vez se encuentra en el ritmo frenético de nuestra vida diaria. Sarah y los niños dormían aún, el sol matutino bañaba la cocina en una luz suave y dorada. Sin querer despertarlos, dejé mi plato a medio terminar sobre la mesa, prometiendo en silencio limpiarlo al volver.

En la estación de bomberos, el ambiente era inusualmente calmo. Las bromas y las risas llenaban el espacio, pero mi mente seguía anclada en la paz matutina de mi hogar. Aunque me sumé a las conversaciones y comprobaciones rutinarias del equipo, una parte de mí deseaba extender esos momentos tranquilos un poco más.

Cuando la llamada entró, la realidad se desvaneció como un espejismo. Un avión había chocado contra la Torre Norte del World Trade Center. Inmediatamente, todo cambió. La estación se transformó en un torbellino de actividad, pero dentro de mí, la serenidad de la mañana se convirtió en una calma antes de la tormenta. Intenté llamar a Sarah, queriendo escuchar su voz, decirle que la amaba, tranquilizar a los niños, pero fue en vano. Las líneas estaban muertas, mi corazón también.

Mientras nos apresurábamos hacia el lugar, las calles de Nueva York reflejaban nuestro propio tumulto interior. La ciudad, que había amanecido tan pacífica, ahora estaba sumida en el caos. Aun así, en mi interior, había una extraña sensación de determinación. Esta era mi ciudad, estas eran las personas a las que había jurado proteger. A pesar del miedo que amenazaba con consumirme, sabía que este era mi deber.

Al llegar y ver las torres, el impacto visual fue abrumador. La Torre Norte, un pilar de humo y llamas, se alzaba desafiante pero herida mortalmente. En ese momento, entendí la magnitud de lo que enfrentábamos. Sin embargo, algo dentro de mí se negaba a ceder al pánico. La paz de la mañana se transformó en una fuerza tranquilizadora, un recordatorio silencioso de lo que estaba en juego.

Al cruzar el umbral de la torre, la realidad dentro era caótica pero clara. El humo envolvía todo, difuminando las líneas entre el valor y el miedo, la vida y la incertidumbre. Mis compañeros y yo nos movíamos con una precisión nacida de la necesidad, guiando a las personas hacia la seguridad, lejos del infierno que consumía sus lugares de trabajo, sus rutinas, sus vidas. A pesar de la adversidad, encontramos fuerza en la desesperación ajena, salvando tantas vidas como nos era posible.

Casi sin tiempo para procesar nuestro primer rescate, el segundo impacto sacudió la realidad hasta su núcleo. Estaba a punto de reingresar a la torre, listo para enfrentar nuevamente el abismo, cuando el mundo tembló. El rugido ensordecedor del segundo avión al chocar contra la Torre Sur me dejó paralizado, un espectador de mi propia pesadilla. Solo el empujón desesperado de un compañero me devolvió al momento, al deber, a la necesidad de actuar a pesar del terror.

Con el corazón galopando y la mente en un torbellino, me sumergí de nuevo en la Torre Norte. Fue entonces cuando sentí mi teléfono vibrar. Sin necesidad de mirar, sabía que era Sarah, mi ancla a la vida fuera de este caos. Sin embargo, con el peso de cientos de vidas pendiendo de un hilo, ignoré la llamada, sumergiéndome en la oscuridad humeante.

En esa segunda ascensión, cada paso se sentía como una eternidad. El edificio mismo parecía retorcerse de dolor y protesta bajo el calor infernal. Aun así, logramos llevar a casi cien personas más hacia la seguridad de las escaleras, un flujo constante de esperanza en medio de la desesperación. Cada respiración, cada grito, cada palabra de aliento se convirtió en la melodía de nuestra marcha hacia la salvación.

Pero entonces, sin advertencia, el mundo se derrumbó. La torre, ese coloso de acero y concreto, comenzó a ceder bajo nosotros. En esos últimos momentos, el tiempo se dilató, cada segundo una vida entera, cada pensamiento, un adiós silencioso.

Desperté en la oscuridad, atrapado en un hueco formado por escombros y milagros. Incapaz de moverme, rodeado por el peso opresivo del concreto y el acero, la oscuridad era total, absoluta. A pesar del dolor y la confusión, una chispa de consciencia me recordaba que estaba vivo, aunque al borde de un precipicio desconocido.

A lo lejos, más allá de mi prisión de escombros, un walkie-talkie emitía estática, un hilo de conexión con el mundo exterior, una voz en el desierto de destrucción. Pero estaba fuera de mi alcance, tan inalcanzable como las voces de mi esposa e hijos que resonaban en mi memoria.

Allí, en la penumbra, rodeado de la muerte y el caos, encontré claridad. La vida, con todas sus trivialidades y tesoros, se reducía a este momento de absoluta vulnerabilidad. Y en ese instante, por primera vez en mucho tiempo, con la oscuridad como testigo, comencé a rezar. No era una plegaria de palabras memorizadas, sino un diálogo íntimo con la divinidad, un flujo de esperanzas, miedos, y amor incondicional. Aunque mi cuerpo estaba atrapado, mi espíritu se elevaba, buscando consuelo y redención en la fe. 

"Señor," susurré, "en Tu presencia encuentro fuerza. Acepto mi destino, sea cual sea, pero te pido, cuida de los míos. Que mi sacrificio no haya sido en vano y que en este final, encuentren la paz que yo he encontrado en Ti."

Mi voz, apenas un hilo, se mezclaba con la estática del walkie, un último acto de fe en medio de la ruina. En ese pequeño espacio, entre el mundo de los vivos y el más allá, encontré mi paz, sabiendo que había vivido y amado con todo mi ser.