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Wednesday, May 15, 2024

Bobby Zabin: ¿Te quedas conmigo?




Dentro de la sala del tribunal, Coco se sentaba con los dedos entrelazados mientras esperaba la sentencia. El aire se sentía pesado, cada segundo más largo que el anterior. Tenía los dientes apretados y la expresión inmóvil. Respiraba a un ritmo constante: uno dos, uno dos. Definitivamente quería parecer relajada.


La acusada se sentaba estoicamente, su expresión mostrando poco. La evidencia contra ella era condenatoria. Y aún así, ella no parecía nerviosa. Estaba pensando.


Mientras la fiscalía presentaba su argumento, Coco recordaba el día en que había encontrado a su esposo muerto después de un Moscow Mule. Fue testigo de cómo su aliento se volvía más agitado y sus ojos comenzaban a aletear como una mariposa mientras se desmayaba. 


Una voz paró la corriente de sus pensamientos. 

–¿Cómo puede alguien considerar que la vida humana sea tan insignificante? No lo puedo comprender.


Las palabras de los abogados resonaron en la sala como truenos. Siguió escuchando a la fiscalía. El informe de toxicología reveló que su esposo tenía cinco veces la dosis letal de fentanilo en su sistema. Que también su Moscow Mule contenía una dosis letal de quetiapina, un antipsicótico. Medicamentos de su esposa. Que ella había comprado cuatro pólizas de seguro de vida diferentes para la vida de su esposo, llegando a un total de 1,9 millones de dólares. Los hechos le aburrieron, y se dejó llevar por la memoria.


Coco recordaba los días que pasó sin sentir nada después de la muerte de su esposo. Se despertaba en las mañanas, sacaba el perro, cocinaba, salía a trabajar, y volvía. En la ausencia de su esposo, podía reconocer el rencor y arrepentimiento que tenía que soportar. Recordaba las disputas financieras que los acosaban, la tensión fermentada a punto de destruirlos. El miedo de su esposo cuando estaban en otro país, y cuando le servía bebida.


Los pensamientos nunca la podrían agobiar. Decidió tomar la oportunidad de convertirlos en algo que le pudiera servir. Recordaba las horas nocturnas que pasaba sola, sus dedos sobre el teclado encendido. Buscaba y leía, ensayos sobre el duelo, libros sobre catarsis, cuentos sobre el dolor. Saboreaba sus ideas, y las vertía en las páginas de su nuevo libro para niños: “¿Te quedas conmigo?”. No importaba que no sentía nada del llanto que leía en los libros, solo que entendía que hechos y anécdotas merecían la publicación. A lo largo del proceso, la culpa susurraba en los rincones de su mente. No podía dejar de pensar en la ganancia financiera que su libro representaba.


 De nuevo, la voz autoritaria de la fiscalía perforó la pared de su conciencia.

–... meticulosamente colectada por nuestros detectives…La acusada buscó por Internet: “Luxury prisons for the rich in America”, “death certificate says pending, will life insurance still pay?”


Mientras la familia de su esposo la miraba, recordaba escribir su libro, “¿Te quedas conmigo?”. La ironía de todo no se le escapaba. La mujer que había escrito un libro sobre lidiar con el duelo ahora estaba en la sala del tribunal, esperando que se hiciera  justicia. Luchaba contra el mundo que la quería encarcelar por haber protegido su carrera, su hogar, sus sueños y ambiciones. Y todavía su alma seguía cargada con el peso del asesinato. Lo único que quería, y que le dijo a su esposo que hiciera, fue que se quedara con ella. No como amante. Su esposo nunca le fue infiel. Que se quedara a su lado, que no tomaran posiciones opuestas en la discusión sobre la empresa.


Pero mientras pensaba en el libro, Coco encontró consuelo en las reflexiones que hizo sobre su esposo muerto. Su risa, el calor de su abrazo, aún sus palabras susurradas con el mal aliento de la mañana. Para ella, era una lista del amor que una vez había llenado su casa, antes de que fuera manchado por la traición. La estupidez de su esposo. 


Coco suspiró, su expresión aún congelada. Mientras los recuerdos de su esposo bailaban en su mente, Coco recordó que no pudo evitar deleitarse de la satisfacción de un plan ejecutado perfectamente. El Moscow Mule que le había servido, el acto final de una sinfonía de engaños cuidadosamente compuesta. Sonreía al verlo desplomarse, su vida deslizándose con cada aliento que le costaba más y más esfuerzo.


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