El cielo era de color carmesí. Una mezcla entre las nubes amarillas y naranjas hacían que todo debajo tuviera una sensación de calidez, de mañanas con el sol siempre constante, acompañando a los niños que revolotean entre los jardines ajenos, de alondras calladas y mujeres ocupadas con meriendas y habladurías. Un cielo escarlata, como tus labios, como tus uñas recién pintadas, como tus valijas.
Tu primera mirada hacia la casa rosa viejo, que contrastaba con el arrebol que cubría la ciudad entera, fue de absoluta decepción: las ventanas tan sucias que no entendías cómo la señora Wallace las había limpiado cuando viniste a ver la casa, y el jardín un completo desastre. Exhalaste con impotencia, sabías que no podrías cambiar nada en la casa ya que no te ibas a quedar mucho tiempo, dos semanas, tres cuando mucho. Te irritaba solo pensar en el papel tapiz despegándose de las paredes, del techo de la cocina y del baño con tanta humedad que temías entrar en la regadera. Pero querías tener un buen presentimiento, querías tener como recordatorio que lo hacías por tu bien y por tu trabajo, por unas vacaciones bien merecidas de tu familia y de esas amigas que tanto odias pero conservas sin razón alguna.
Utilizaste la palabra vacación como una excusa, como una justificación del descanso que necesitabas. Pensaste que unos días fuera de tu vida cotidiana te ayudaría a seguir escribiendo. Recientemente te habías encontrado estancada en una historia, en las prosas que no fluían, en personajes sin nombre y escenas sin sentido. Te convenciste de que necesitabas un respiro para poder volver a ella: una heroína que moría honorablemente, sin un sollozo de ayuda, en silencio; ni un grito. Te había intrigado tanto tu pequeña aventura, pensándola a todos momentos del día, que de un momento a otro simplemente te quedaste en blanco— ¿por qué moriría? Torturabas tu cabeza tan poética y descriptiva con una posible respuesta. Según tu explicación lógica era que los demás quienes no te dejaban pensar, que se te llenaba el cerebro de ideas que no servían para continuar con tu trabajo, y decidiste llamar a la señora Wallace. En aquel evento de navidad ya lejano, la tierna anciana te ofreció “lo que tú necesitaras”. Decidiste cobrarle el favor, y ella sin pensarlo dos veces te brindó su hogar, “todo por esas palabras tan lindas que conviertes en poemas” te decía.
Y, en fin, aquí estabas, sabiendo que lo único que evitaba que no arreglaras la casa a tu gusto, algo que la señora Wallace te repitió un millón de veces que no podías hacer, era escribir en esa Royale tan vieja que el sonido de pasar de párrafo estaba desafinado. Tus dedos se movían sin problemas, tus ojos seguían las líneas y tus oídos se deleitaban con el sonar de las teclas. El tocadiscos era tu fiel acompañante durante todo el día, y hasta a veces en la noche: te gustaba cocinar con alguna canción de jazz, quizás Aretha Franklin si estabas de muy buen humor, y en la noche ponías algo un poco más movido. Bailabas sabiendo que nadie más te estaba mirando, hablabas contigo misma porque sabías que nadie más te escuchaba, y no le tenías miedo a la soledad. Pero eso cambió, y tú también.
Era de día, ocho de la mañana. El café te esperaba ansioso junto al libro que habías comprado recién y al periódico que nunca recogías de las escaleras de la entrada, acomodados perfectamente en la mesa junto al único sofá que pudiste desempolvar, ese con un tapizado de flores que se te había hecho costumbre voltearte hacia la ventana, mirando al jardín. Pero tú te levantaste a las nueve de la mañana, como nunca lo habías hecho.
Tenías una pesadez en los ojos que apenas te dejaba ver las escaleras. Tus pies tropezaban con la alfombra y los arrastraste hasta llegar a la sala, donde el olor a café por fin te despertó de tu torpeza. Abriste los ojos y cuidadosamente volteaste hacia los lados, miraste con cautela la puerta de entrada, cerrada, con la llave puesta desde atrás, como la habías dejado la noche anterior. Te asomaste, como si pudieras resbalar y caer dentro, para ver la taza, mientras el vapor mojaba un poco tus mejillas que habían perdido completamente su color. Tu libro estaba en la misma página donde lo habías dejado y el periódico aún envuelto. Respiraste profundamente e intentaste imaginarte ayer, haciendo café, que para ahora estaría más que helado y lo sabías, y poniendo tu libro a su lado, que habías dejado en la mesa de noche junto a la cama y lo sabías. El periódico no tenía explicación. Nada tenía explicación. Tiraste el café en el lavabo e hiciste uno nuevo. No tenías miedo, te lo repetiste treinta y tres veces mientras tu nueva taza estaba lista, y pusiste un disco de Louis Armstrong para olvidarte de la situación, para sentirte acompañada; pero tú ya sabías que no estabas sola. Decidiste no tocar el periódico y te dirigiste a los aposentos de tu preciada Royale un poco temblorosa pero determinada a escribir un poco. Pusiste una hoja nueva, realmente por pura inercia, pues tu mente no te dejaba en paz: creaste mil y una escenas, con personajes definidos y una trama digna de una novela entera, sobre el café y su vapor y el periódico (tu mente en realidad nunca te dejaba en paz, es la maldición de ser una escritora, solías decir). Pero al sentarte, con tus manos rozando las teclas, unas letras frescas en el papel blanco llamaron tu atención: ‘lee el periódico’. Exhalaste tan fuerte que los vecinos de la calle contigua pudieron haberte escuchado, pero nadie lo hizo, y nadie lo haría.
Bajaste por el periódico y subiste al estudio de nuevo, sentándote frente al papel, como si fuera el testigo de que leerías lo que te pidió.
“Otro asesinato en la calle Prentice que lleva a la desesperación de sus habitantes… los locales dicen no haber visto nada sospechoso… siempre ocurren de día, dato que a sus habitantes les parece extraño… el culpable no es más que una bruma que viene y va desapercibida…”
La respiración se te cortaba. Tragaste saliva y el periódico temblaba entre tus dedos. Miraste hacia el frente, después hacia la ventana y al jardín. Miraste a todos lados en busca de una señal, de algo que pareciera lógico y que no fuera producto de tu imaginación. Te quedaste inmóvil, como si el estudio te protegiera, como si la Royale te pudiera salvar.
Escuchaste unos pasos que supusiste que venían de la sala. Te quisiste asomar por la puerta hacia las escaleras, pero tus pies parecían no ser parte de ti, estancándose sin hacerte caso alguno. Los pasos se alejaron y se oyó el choque entre la taza y el lavabo, y después La Vie En Rose comenzó a sonar, dándote escalofríos por toda la espalda. El sudor te recorría la cara, más y más gotas bajaban hacia tu cuello mientras los pasos se oían más cercanos. Decidiste voltear la silla hacia la ventana y cerraste los ojos, sabías que no podías hacer nada, pero tus manos encontraron las teclas y se movieron como si fuera la primera vez. Empezaste a imaginar el final de tu aclamada aventura, pero no pudiste llegar al verdadero desenlace. Tu respiración era fuerte, la canción te resonaba en los oídos y las letras aparecían en el papel, dudosas. Los pasos cesaron, pero tu respiración ya no era la única en la habitación. Un aire soplaba en tu oído, susurrando la letra de la canción.
El cielo era ahora azul, claro y despejado, ni una nube en el horizonte. La Vie En Rose seguía sonando en el fondo, las trompetas agudas y la voz grave de Armstrong se escuchaba en cada esquina de la casa que se caía a pedazos, pero tus labios seguían siendo color escarlata, al igual que tus uñas, al igual que tus valijas ya vacías. Para ti, el cielo seguiría siendo carmesí, al igual que la sangre salpicada sobre la Royal y la única frase en el papel.
No te hice caso.
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