Nosotras siempre hemos aguantado la mierda de la sociedad. Mientras ustedes se reúnen con trajes y corbatas y títulos fingiendo importancia, nosotras nos quedamos atrás, cuidando a los hijos que no han sido corrompidos por el veneno de la masculinidad. Nosotras queríamos ser doctoras, abogadas, ingenieras, pero nos quedamos atrás, no porque quisiéramos, sino porque eso es lo que nos tocó. Pero asumimos esta responsabilidad con orgullo; nuestros hijos son nuestra prioridad en una sociedad donde nunca pudimos elegir qué priorizar. En verdad, es una bendición criar a los hijos y ver cómo crecen y alcanzan todas las metas que se propusieron desde pequeños. Pero lo más doloroso es cuando les entra el veneno, los ojos que antes te miraban con admiración y ternura ahora son una mirada seca, casi burlona. Se convierten en sus padres, buscando la validación de otros hombres, envueltos en el rat race como le dicen. El veneno alcanza un punto en el que la sangre del poder les llega a la boca y la saborean; este es el momento en el que se pierden por completo. Aquí es donde se puede ver la peor traición en la historia de la humanidad. Peor que la de Brutus traicionando a César, peor que la de Judas traicionando a Jesús. Es la traición de los hombres hacia las mujeres.
Los mismos hombres que hemos apoyado durante toda su vida en vez de tirarnos flores nos tiran con puños y puñales. Nos ven como una manera de ejercer el veneno que tienen. Les damos todo para que ellos nos puedan quitar todo.
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