Para la señora, era como una instantánea rápida de la realidad. Ella se encontraba en la sala de espera de la oficina del doctor y de repente se dio cuenta de lo que la rodeaba. Se había estado sirviendo un café y el calor de la taza la transportó a otra dimensión. Desde su punto de vista, vio a la recepcionista y las puntas de su propio cabello gris. El vestíbulo estaba lleno de gente esperando con la mirada pérdida. Entre las miradas vacías, una mujer joven estaba sentada en un rincón: su rostro marcado con un miedo que se destacaba de los demás. Sostenía y acariciaba su barriguita: un tic nervioso. Sus ojos estaban perdidos en sus pensamientos.
La señora, con su café en la mano, caminó hacia la mujer embarazada y se sentó en la silla junto a ella: la única silla vacía en la sala. Ella preguntó: "¿Cuándo cae la torta?"
La chica quedó atónita, sorprendida de que la señora estuviera hablando a ella. "¿...Qué?"
"Tu bebé, ¿cuál es su fecha de parto?"
La joven miró directamente a los ojos de la señora, confundida, y luego la tristeza invadió su rostro. A la señora, le preocupaba haber asumido incorrectamente que la chica estaba embarazada. Pero esta siguió acariciando su barriga y miró hacia otro lado como si decidiera si hablar o no con la extraña. Entonces, una sonrisa forzada pero educada apareció en su rostro.
"6 semanas."
"¡¡Dios te bendiga- enhorabuena! ¿Estás emocionada? Dar a luz es un regalito para nosotras las mujeres. Ya sé que ustedes, las más jóvenes, tienen ideas distintas pero créeme- de todos los regalos que la vida tiene para ofrecer, ser madre es lo mejor".
La joven sonrió pero no dijo nada. La señora podría suponer que sonaba como una abuela que recitaba declaraciones trilladas sobre la vida. La chica estaba siendo educada y era obvio que se sentía tímida de compartir más, pero la señora no pudo evitar preguntarse qué plagaba su rostro de tristeza. Sintió la necesidad de ayudarla, así que continuó.
"¿Es nene o nena?"
"Una nena."
"Qué maravilla. ¡Las niñas son fáciles, son los chicos a quienes debes vigilar!
La mujer se rió para sí misma, pero no dijo nada. Después de un breve momento de silencio, la embarazada miró a los ojos de la señora y preguntó vacilante: "¿Entonces tiene hijos?"
La señora respondió instintivamente. "Tengo hijos- tanto varones como hembras- los amo muchísimo- son mi vida entera. ¡Y mi esposo- él es mi vida- estás embarazada- dios te bendiga- enhorabuena!" Juntó las manos y sonrió con alegría.
La joven insistió. "¿Y la hija?" Abrazó a su propia bebé, su futura hija.
La señora no intentó pensar en su propia hija. En cambio, buscó consolar a la embarazada. "Da miedo, pero la vida da miedo. Tienes una gran responsabilidad como madre, porque son tus acciones y enseñanzas lo que determina si tu hija será una buena gente. Y esta es su primera vez como ser humano, pero es la tuya también. A pesar de todas las peleas, la tristeza, la alegría- ella será tu mejor amiga. Recuerdo el día en que ella nació. Me asusté porque era mi primera niña y con las niñas hay que ser delicado. Mis hijos lloraron cuando nacieron, pero ella entró a este mundo sin hacer ruido y supe que era una luchadora. Y recuerdo el día que se casó y se fue de casa. Recuerdo la parte de atrás de su velo y cómo sostenía la mano de su marido en el altar. Y supe que ella tenía una nueva familia que la cuidaría y me sentí aliviado pero triste. Mi mejor amiga se había ido.”
Las lágrimas aparecieron en los ojos de la joven y la señora sintió la necesidad de abrazar a la extraña. Después de una pausa, preguntó: "¿Qué pasa, querida? ¿Estás sola en este viaje? ¿Dónde está su familia?". La señora era contundente, pero todas las mujeres de su generación lo son. Su impaciencia iba en aumento.
La embarazada vaciló, como si no estuviera segura de cómo responder. "Estoy sola", respondió ella. "En más de un sentido. Me siento sola y me preocupa no poder estar allí para ella como se merece."
La señora la miró a los ojos con una sonrisa que calentó el corazón de la joven. "Querida mía, la belleza de la vida es que no solo tú estarás ahí para ella, sino que tu hija también estará ahí para ti. Es un lazo de amor incondicional que puede aguantar cualquier tormenta."
La mujer sonrió levemente y aliviada por primera vez, pero fue rápidamente interrumpida por la apertura de la puerta.
"¿Señora Mireles?" El médico apareció en la puerta llamando al siguiente paciente.
La joven se levantó, agarrándose la barriga, y saludó al médico.
"¿Eres... Rosa Mireles?" preguntó la doctora, leyendo el nombre en su portapapeles.
"No, Rosa es mi madre", la joven respondió, tomando la mano de la señora.
Mano a mano, la madre y la hija caminaron hacia el médico. La madre, su hija, y su nieta pasando las miradas vacías de otras abuelas y madres, y las historias que pronto serían olvidadas para siempre.
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