Se encontraba solo en la sala de su casa de campo cuando los cerdos le dieron su última visita. Él estaba meciéndose en un sillón, tomando café y comiéndose una tostada de pan sobao con mantequilla. Leía el periódico tranquilamente mientras sonaba una salsa del gran Maelo Rivera en el fondo.
- PAM PAM PAM – sonaba la puerta.
- ¡Aja! ¿Quién es? – contestaba el señor.
- Señor Ríos, soy del departamento de hacienda. Tengo unas preguntas que hacerle.
Roberto Ríos se levantó del sillón, dejó la taza de café en una mesita que estaba a su lado y cogió su bastón para recibir al hombre. Al llegar a la puerta, quitó el seguro y en ese mismo instante, el extraño empujó fuertemente la puerta y en cuestión de milisegundos Roberto Ríos estaba tirado en el piso. En el impacto se le habían caído sus espejuelos, pero podía ver la sombra de lo que parecía ser 10 hombres armados. En ese momento, el señor Ríos supo que el día de su suerte había llegado. Los hombres cerraron la puerta, levantaron a Ríos y lo sentaron en su sillón.
La claridad de la sala hizo que la visibilidad del señor mejorara un poco y en eso notó que los chalecos de los hombres llevaban marcados tres letras amarillas.
- ¿Quiénes son ustedes?
Todos los hombres se echaron a reír. Aquel que parecía estar al mando, subió la música en la radio al máximo, tumbó la mesita donde estaba el café y el pan, agarró a Roberto por el cuello y le dijo al oído:
- Tu sabes muy bien quiénes somos so cabrón. Bastantes años has estado jodiendo el parto y ahora sí que no hay quién te salve.
El hombre le insertó una pistola Smith & Wesson en el ombligo y disparó dos veces hasta que Ríos cayó de espalda en su sillón. Luego lo rodearon los demás hombres y lo acribillaron mientras ya estaba moribundo en el piso. Después de eso, el hombre al mando disparó dos tiros a la pared, limpio el mango de su pistola y se la puso en la mano al cadáver.
- Señor gobernador, el operativo ha sido concluido. – decía en el teléfono.
- Muy bien capitán John, ¿no hubo testigos además de los nuestros?
- Negativo señor, solo se encontraba él en el domicilio, como habíamos previsto.
- Excelente. Le avisaré al comisionado residente en Washington para que le notifique al presidente de su acto heroico y compromiso con la nación.
- Entendido, ha sido un honor.
Al día siguiente, salió en las noticias que el capitán John Figueroa había sobrevivido un ataque del enemigo del estado Roberto Ojeda Ríos mientras se realizaba una investigación en su hogar. Figueroa ha de convertirse en uno de los nombres patrióticos de nuestra nación dado su valentía y sacrificio por el pueblo puertorriqueño.
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